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Rincón Literario
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11 May 2026

Emilce y Joaquín, por Mónica B. Balbi

Emilce amaba profundamente a Joaquín.  Le había perdonado todo y lo seguiría haciendo.  Es que el verdadero amor podía olvidar cualquier cosa, o más bien…casi cualquier cosa.  Hasta era capaz de provocar  la más ciega obstinación.

Él había desaparecido tantas veces de esa manera, ¿por qué habría de alarmarse en esta  oportunidad?: era una más de tantas. Ocho días sin novedades, pero Joaquín siempre regresa.  Emilce está allí  para recibirlo con toda la ternura del mundo, un baño caliente y la comida a punto: sabe que siempre llega ávido de todo lo que ella le brinda.

Al compañero de vida no se lo deja así nomás, era la creencia de Emilce.  ¿Qué sería de mí sin él? ¿En qué soledad demoledora estaría sumergida mi vida?  Siempre, en circunstancias semejantes, necesitaba reafirmar sus convicciones.

Cuatro días más sin noticias de Joaquín.  ¡Dios mío, no merezco tanta crueldad! Rogaba con angustia indescriptible.  Sería espantoso que la muerte me lo hubiera arrebatado y yo acá, sin haberlo acompañado.

Pasaban interminables los días y la incertidumbre la sumía en el desasosiego.  Temía dar un paso fuera de la casa y que él, o alguna noticia sobre su paradero, llegaran en el preciso instante de la ausencia.

Es que allí donde ellos viven tan alejados del pueblo, en la única casita en seis cuadras a la redonda, ¿cómo preguntar por él? Tampoco Emilce era una mujer que se relacionara fácilmente con los vecinos.

Al cabo de otros dos días, vio por la mañana que se acercaba un vehículo del municipio.  Salió a su encuentro y lo detuvo.  Narró al conductor la zozobra en la  que vivía desde dos semanas atrás.  Pero claro, las palabras se amontonaban,  la traicionera desesperación le impedía explicarse y sintió que el llanto de impotencia se agolpaba en su garganta.  El  empleado, frente a tan inédita situación, sólo atinó a pedirle serenidad: necesito señora que se calme, por favor, ordene las ideas, tome asiento, ¿quiere un vaso de agua?

Cuando ya había recuperado algo de coherencia, la mujer, esta vez con voz firme y grave,  pudo contar paso a paso lo que estaba viviendo.

El hombre le pidió la descripción de Joaquín y quedó pensativo por un breves minutos; a Emilce le parecieron horas. Ella contenía la respiración, mientras el empleado, que parecía hurgar en su memoria, iba y volvía sobre sus propios pasos.

Cuando por fin se detuvo, le pidió  que aguardara un instante, tenía que confirmar algo por teléfono.  La pobre mujer sentía que el corazón estaba apretado en un puño, pugnaba por latir pero le era imposible, el ahogo se apoderaba de ella cuando el hombre se dio vuelta y le dijo desde cierta distancia: lo tengo localizado, doña.

Se sintió bendecida y respiró profundamente aliviada mientras se sostenía con una mano del guardabarros del vehículo.  El municipal caminaba tranquilo hacia ella al tiempo que se despedía de su interlocutor y, una vez a su lado, cortó la comunicación.

Con ansiedad al principio, incrédula a continuación, y con una profunda aversión final, escuchó lo que el buen servidor le decía.  Podía comprender todo, pero no que Joaquín estuviese viviendo con otra en el pueblo: — una tal Alicia Robles, allá en la calle 6 entre 27 y 29, en la casa pintada de color amarillo fuerte con techo de chapas negras, le describió.  Tiene un bonito jardín  al frente.

Con el ánimo decididamente ofuscado, despidió al oportuno delator.  El empleado municipal  subió a la camioneta y siguió camino raudamente.  Es que sólo ver el rostro de Emilce le provocaba miedo: pocas veces presenció en ojos humanos tal ferocidad.  Lo que ignoraba el pobre hombre, es que esa era una de las formas que adopta la venganza frente a la traición desmedida.  

La mujer entró a la casa y sacó del ropero la Glock 45: se aseguró de que estuviese limpia y cargada.  Jamás había necesitado usarla. Nunca se sabe qué puede pasar en medio del campo.  La introdujo en una bolsa de tela, de esas que se usan para hacer compras y se puso los guantes.  Con la calma que proporciona la frialdad,  mecánicamente, desanduvo las larguísimas cuadras que la separaban del domicilio indicado.  Ya oscurecía cuando llegó a la casa de Alicia Robles.  Habría de cumplir el plan trazado.

De pie frente a la verja del jardín, se sacó los guantes para anunciarse con las palmas.  Los perros del vecindario ladraron y, mientras Emilce cubría nuevamente sus manos y sacaba la pistola, se encendió la luz sobre  la puerta de la casa. Una mujer salió y dio pocos pasos al frente.

La señora la miró con la extrañeza de  quien ve a una desconocida, después de todo, lo era.  Detrás de Alicia, apareció un perro grande y renegrido. Luego, un  hombre muy corpulento que permaneció ligeramente apartado.

— Buenas noches.  ¿En qué puedo ayudarla señora?— no terminó de decirlo, cuando el ruido del balazo la ensordeció.

Alicia no comprendía nada, estaba aturdida, temblaba de pánico.  Miró hacia las rejas del frente y la extraña había bajado el arma introduciéndola en la bolsa.  Vio hacia el animal, junto a ella, y lanzó un grito aterrador: el enorme perro chusco, negro y viejo que llegó a su casa hambriento y lastimado  yacía en un charco de sangre, con un agujero entre los ojos. 

Miró hacia donde estaba la criminal y exclamó: — ¡Pero qué ha hecho con el pobre perro!

—No se meta doña: ese era el Joaquín y era mío desde que lo rescaté con días de vida de un cajón de desperdicios.  Creí que era el único en quien podía confiar, el único con lealtad sin límites, el auténtico amigo.  Pero ya ve: el perro que traiciona a su amo, al que hizo todo por él, no merece la vida.  Ahí lo tiene al infiel. ¡Con la Emilce no se jode!

Emilce dio media vuelta y con paso cansino se marchó, se supone, rumbo a su rancho.  Nunca más la vieron por el pueblo.




Soy Mónica Baldi, nací en la entonces Capital Federal, hoy CABA, precisamente en el barrio de Almagro.  Allí crecí, estudié y viví hasta los 27 años.  Desde que aprendí a leer,  nunca me faltaron libros: fueron mis grandes amigos.  Ya en la primaria, alentada por las maestras, participé de concursos de redacción con gran entusiasmo y fortuna.  Hice mis estudios primarios, secundarios y universitarios  en la Ciudad, nada relacionado con las letras.  
En mi camino, y ya viviendo en Ituzaingó, casada y con dos hijos, la casualidad me llevó a ejercer la docencia como alfabetizadora de adultos: así encontré mi verdadera vocación.  En la zona de Parque Leloir no era fácil encontrar profesores para nivel secundario y, con el título universitario, comencé a ejercer la profesión en el aula en simultáneo con los estudios terciarios para obtener el título de Profesora Nacional en Ciencias Jurídicas y Contables. 
 Más allá de todo el trabajo profesional, nunca abandoné la lectura y la escritura.   De ese modo,  perfeccionar la habilidad de contar por escrito, se convirtió en una asignatura pendiente.  Sólo al llegar a la edad jubilatoria, tuve posibilidad de ingresar en talleres literarios tanto presenciales como a distancia en los que recibo de manera permanente herramientas que posibilitan mi crecimiento como escritora.  
Envié textos que fueron seleccionados e integran antologías a la Asociación de Escritores de Rosario y también a la de Junín,  publiqué en medios digitales de distribución gratuita de la zona Oeste de GBA, colaboré con otras publicaciones y fui finalista de concursos en varias editoriales. Actualmente, participo de dos concursos internacionales de narrativa. 
profbaldi@gmail.com

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