Lo que no dolía, por Paz Guevara
Por: Taller Literario Anaquel, Biblioteca Popular 9 de Julio.No porque no las quisiera, sino porque había visto lo que pasaba después.
Una vez, alguien había pedido quedarse.
Y se quedó.
Pero no como esperaba.
Desde entonces, la niña elegía cosas pequeñas.
Cosas que parecían no tener peso.
No todos los lugares eran iguales en Equia.
Había zonas donde el viento corría sin detenerse, donde las palabras se perdían antes de terminarse.
Y otras… donde el aire se aquietaba.
Donde parecía escuchar.
Ahí, las palabras no se iban.
Se quedaban.
En esos lugares, la gente hablaba menos.
O prometía.
Las promesas eran distintas.
No se decían por deseo, sino por decisión.
Y el mundo, decían, no las confundía.
La niña no hacía promesas.
No porque no creyera en ellas,
sino porque había visto a alguien romper una.
El lugar donde pasó todavía seguía raro.
El cielo no terminaba de oscurecer ni de aclarar.
Y el tiempo… no avanzaba del todo.
Ese día, sin embargo, estaba cerca de un borde.
No era un límite visible.
Pero se sentía.
Como cuando uno está a punto de recordar algo…
o de olvidarlo.
El aire ahí era distinto.
Más lento.
Más atento.
La niña lo notó.
Por eso dudó.
Inclinó la cabeza, apenas, como si pudiera escuchar mejor lo que no se decía.
Sus dedos rozaron la muñeca, distraídos.
Un gesto que repetía sin pensar.
Había cosas que le dolían.
No en el cuerpo.
En otro lugar.
Cosas que no sabía nombrar del todo.
Pensó en pedir otra cosa.
Algo más simple.
Pero lo simple, había aprendido, no siempre era pequeño.
—Quiero que no duela —dijo.
La frase quedó en el aire.
Y el aire no la dejó ir.
No hubo luz.
No hubo sonido.
Pero algo, en el lugar, se acomodó.
Como si una pieza hubiera encajado.
La niña dio un paso.
Después otro.
Al principio no sintió nada.
Y eso fue lo primero.
La ausencia.
Ese silencio adentro.
Ese espacio limpio donde antes había algo.
Respiró.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no dolía.
Sonrió.
Fue leve.
Casi sin darse cuenta.
Un presente.
Así lo llamaban algunos.
Un regalo.
Aunque nadie lo decía en voz alta cerca de los bordes.
Porque ahí, los regalos no eran lo que parecían.
Pasaron unos segundos —o tal vez más—
antes de que algo empezara a sentirse raro.
No en ella.
En el mundo.
El aire seguía quieto, pero ahora era distinto.
Más cerrado.
Como si algo hubiera sido retirado.
Parpadeó.
Y no cambió nada.
Parpadeó otra vez.
Y entonces entendió que no era el mundo el que estaba raro.
Era ella.
—Mamá…
Pero no sabía hacia dónde decirlo.
Giró un poco.
Sus manos se adelantaron, buscando.
El espacio estaba ahí… pero no respondía.
Como si las cosas hubieran retrocedido.
Como si el mundo se hubiera corrido apenas, lo suficiente.
No gritó.
Se quedó quieta.
Escuchando.
Como si todavía hubiera algo que pudiera entender.
A lo lejos, alguien habló.
No fuerte.
No claro.
—Fue un presente.
Nadie respondió.
Porque en Equia, aceptar un presente era sellarlo.
Y sellarlo… era dejar que el equilibrio hiciera lo suyo.
Algunos decían que el mundo era justo.
Otros, que solo era exacto.
La niña no pensó en eso.
Volvió a inclinar la cabeza, apenas.
Ese gesto.
Como si ver no fuera la única forma.
El aire, alrededor, no cambió.
Pero algo en ella… sí.
Como si lo que había perdido no se hubiera ido del todo.
Como si simplemente ya no estuviera ahí.
Y por un instante —solo uno—
pareció que el mundo no había quitado algo…
sino que lo había movido.
A otro lugar.
Taller Literario Anaquel, Biblioteca Popular 9 de Julio
Anaquel nació hace 11 años honrando una noble tradición literaria de la biblioteca.
Nos reunimos todos los miércoles por la tarde para leer, escribir, hacer juegos literarios y desarrollar actividades performáticas de escritura creativa.















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