El médico de guardia, por Sandra Silvina Serra
Subimos al coche raudamente. Enciendo el motor, salimos despacio y tomamos la autopista para llegar más rápido a nuestro destino.
Mi mente va dibujando en el parabrisas la llegada a ese hogar cálido que supimos construir con los años, las risas de mis hijos, el olor a comida y el sofá́. El mismo donde mi esposa me regaña cada martes, después del trabajo. Ella no entiende que estas guardias me llenan de vida, aunque ya no soy joven.
En ellas solo soy el médico, que no lleva más honores que el de salvar alguna vida de vez en cuando. Solo yo sé lo que se siente ante una emergencia. Es algo que llena mi espíritu, me magnifica.
Sentado a mi lado mi colega va tarareando la bella canción que suena en la radio. De repente, el auto que va delante clava los frenos, dejándonos escuchar el chirrido patinoso de las ruedas sobre el asfalto mojado. El golpe seco y el estruendoso e interminable ruido a chapas del vehículo, que tras la colisión salió́ expulsado girando indefinidamente para detenerse sobre la banquina, con las ruedas hacia arriba.
Nos miramos, freno y salimos corriendo uno para cada auto. no hay tiempo. Dejo que la lluvia refresque mi rostro y aclare mi mente.
De la puerta delantera sale una mujer gritando, —¡mi bebé! ¡mi bebé!
La miro. Pálida, la sangre cubre su rostro, está en shock. Busca a su hijo por todos lados.
Sin demorarme, no sé cómo abro la puerta de atrás.
Una imagen extraña llena mis pupilas, todo es confuso, todo dado vueltas, hay vidrios esparcidos por doquier.
En mi mente espero subir al asiento, en cambio gateo por el techo. Escucho un gemido que viene del conductor, apenas veo al señor, parece estar bien. Se mueve.
En medio de la oscuridad vislumbro un pequeño cuerpo colgado cabeza abajo. El cinturón de seguridad esta enroscado en su cuello. A solo diez centímetros de la calzada, la cabecita asoma por la luneta trasera rota en mil fragmentos, no se mueve ni se queja. Ante semejante imagen avanzo con temor, pero seguro.
Coloco mi mano izquierda en el vértice craneal del niño, elevándolo un poco, mientras mi mano derecha desenrosca el sistema de sujeción. Antes de terminar con la última vuelta, muevo rápidamente mi mano izquierda, a la región cervical posterior y con la derecha lo levanto de la cintura, de su diminuto vaquero, tan azul como su rostro y así́ gateando marcha atrás salgo de allí́. Lo acuesto en el suelo, él toma todo el aire que puede y comienza a llorar, sé dibuja una sonrisa en mi rostro. La madre se arrodilla junto a él y toma su manito.
Comienzo a palparle las parrillas costales, el abdomen está blando, no doloroso. Las pupilas normo reactivas. Conjuntivas normo coloreadas.
Murmullo vesicular conservado, sin ruidos agregados. miembros superiores e inferiores sin deformidades, sin crepitación ósea.
Miro a la madre.
—El retoño está bien, salvo algunos hematomas y la erosión cutánea superficial, en la mejilla derecha. —le susurro.
Ella lo abraza y ambos lloran, la mamá va con su hijo en una ambulancia, no sin antes darme las gracias. El papá sube a otra.
Subo a mi auto y me percato que, cuando saqué al niño, había parado de llover, como si la lluvia cómplice de todo no hubiese querido mojarlo.
Le pregunto a mi compañero por la gente del otro vehículo, me mira con gesto de satisfacción. Suspiro, mis ojos se elevan hacia el cielo, la luna parece estar viéndolo todo, sonríe. Me voy a casa.
Una semana después, regreso a tomar mi puesto, al poner un pie en el hospital, me doy cuenta de que me falta la tarjeta con mis datos, voy a tramitarla al sector que corresponde, mientras espero me sirvo un café́ de máquina, doy el primer sorbo y escucho mi nombre por el altavoz. Apoyo el vaso descartable. Resignado camino a la mesa de entrada. Allí́ a lo lejos, donde dobla el pasillo, veo correr hacia mí a un pequeñito, de unos tres o cuatro años, con algo en la mano. Extiende sus brazos en cruz se acerca y reconozco en su rostro la escoriación en fase de cicatrización, es él, me agacho y lo abrazo.
Gritando me dice,
—¡Vos me salvaste! Toma perdiste esto, ese día. — alza la manito entregándome mi identificación. —Gracias, ¿cómo te llamas? —le digo lleno de alegría.
—Nicolás y cuando sea grande, quiero ser bombero como vos. —me responde con orgullo.
Al escuchar ese comentario tan inocente, no puedo más que soltar una carcajada, que resuena en el largo y frio pasillo.
—Claro que sí Nico, a veces en la vida, nos toca ser un poco de todo. —
le contesto mientras acaricio su cabecita y tomándonos de las manos, caminamos rumbo a sus padres.
Sandra Silvina Serra: "Nací en 1964. Desde entonces, comenzó a reinar la imaginación en mi mente. Soy profesora de yoga y soñadora por naturaleza. Mis primeros pasos en la escritura fueron un idilio poético que quedó guardado en un cajón.
Considero que la escritura es una fuente inagotable de cultura, emociones y aventuras. Un camino sin retorno hacia un vivir mejor.
Mi meta es lograr que mis lectores encuentren voz, refugio y alma en mis escritos".
sandrasilvinaserra@gmail.com











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