Rincón Literario
7 Nov 2026
El mejor Strudel, por Marcos Urankar
La gran casa de La Horqueta es prueba fehaciente y afirma lo que le voy a narrar.
Los padres eran alemanes del Volga, emigrados a estas tierras que saben ser hospitalarias como muy pocas en el mundo y supieron llenarse de credos, razas y culturas.
Se hicieron de una posición económica y adoctrinaron a sus ocho hijos sobre el deber ser “LOS MEJORES”. Superiores a los demás en cualquier ámbito o actividad.
Los niños apenas nacidos ya eran instruidos sistemáticamente sobre como alcanzar objetivos haciendo el máximo esfuerzo.
Por ejemplo: si querían la mamadera debían gatear hasta ella y tomarla, nadie se la daba, si no lo hacían, conocían el hambre. Así aprendieron.
Cada uno de los hermanos era el mejor en su clase y en las competencias deportivas. El mejor. Las derrotas no se admitían en esa familia, simplemente no debían existir.
No había gritos, ni golpes, ni insultos. En esa familia de las pocas palabras y los muchos silencios bastaban los ojos entrecerrados de los padres.
Guillermo Adolfo (Wilhelm, le decían) era el menor de los ocho. Era y es mi amigo. Disputaba la final de tenis contra Carlitos Quispe en el Náutico de San Isidro. Iban 1 a 1 y 6 a 6 en el tercer set. En el Tie-Break Carlitos, 6 a 5 arriba con su saque. En el instante en que la pelota se elevó para recibir el raquetazo, Guillermo Adolfo cayó al piso con estertores y gritando “La Abuela, la abuela”. Fue llevado a un hospital. Los médicos le diagnosticaron un mal y le dieron reposo.
El torneo se cerró sin ganador y el título quedó vacante.
Cabe aclarar que los padres de Guillermo Adolfo eran miembros de la comisión directiva del Náutico, al igual que el médico que le declaró el mal.
Fui a visitar a mi amigo Guillermo Adolfo. El aire en esa casa era espeso. Lo encontré en el living con la mirada fija en el cuadro sobre el hogar. “La abuela, la abuela” repetía. Guillermo no me registró. Me acerqué al cuadro. Era la pintura de una mujer que se ahorcó con el cable del teléfono.
La madre de Guillermo me acompañó a la puerta, le pregunté por ese cuadro.
-La abuela de los chicos era la mejor cocinera de Dobrinka, ciudad del Volga. Hacía el mejor Strudel. Reconocido por todos. Cuando se cruzaban con ella los pobladores se sacaban el sombrero en señal de reconocimiento y respeto. Se hizo el concurso anual del Strudel que ella “la mejor” venía ganando desde que tenía 9 años. La abuela que ya no veía bien, confundió el Bicarbonato con el azúcar. Su Strudel no ganó. Acto seguido la abuela saludó elegantemente al jurado y al público, caminó rápidamente a su casa y como no encontraba una soga y había que ser eficiente y no perder el tiempo, se ahorcó con el cable del teléfono dejando una nota: “La muerte antes que la deshonra”.
- ¿Y por qué el cuadro? - le pregunté.
-Para que todos en esta casa tengan presente que significa: “No ser el mejor”-.
Mientras cerraba la puerta de hierro y roble, se escuchaban los gemidos de Guillermo. - “La Abuela, La Abuela”-.
Marcos Urankar
Alumna del taller de Analía Bustamente
Los padres eran alemanes del Volga, emigrados a estas tierras que saben ser hospitalarias como muy pocas en el mundo y supieron llenarse de credos, razas y culturas.
Se hicieron de una posición económica y adoctrinaron a sus ocho hijos sobre el deber ser “LOS MEJORES”. Superiores a los demás en cualquier ámbito o actividad.
Los niños apenas nacidos ya eran instruidos sistemáticamente sobre como alcanzar objetivos haciendo el máximo esfuerzo.
Por ejemplo: si querían la mamadera debían gatear hasta ella y tomarla, nadie se la daba, si no lo hacían, conocían el hambre. Así aprendieron.
Cada uno de los hermanos era el mejor en su clase y en las competencias deportivas. El mejor. Las derrotas no se admitían en esa familia, simplemente no debían existir.
No había gritos, ni golpes, ni insultos. En esa familia de las pocas palabras y los muchos silencios bastaban los ojos entrecerrados de los padres.
Guillermo Adolfo (Wilhelm, le decían) era el menor de los ocho. Era y es mi amigo. Disputaba la final de tenis contra Carlitos Quispe en el Náutico de San Isidro. Iban 1 a 1 y 6 a 6 en el tercer set. En el Tie-Break Carlitos, 6 a 5 arriba con su saque. En el instante en que la pelota se elevó para recibir el raquetazo, Guillermo Adolfo cayó al piso con estertores y gritando “La Abuela, la abuela”. Fue llevado a un hospital. Los médicos le diagnosticaron un mal y le dieron reposo.
El torneo se cerró sin ganador y el título quedó vacante.
Cabe aclarar que los padres de Guillermo Adolfo eran miembros de la comisión directiva del Náutico, al igual que el médico que le declaró el mal.
Fui a visitar a mi amigo Guillermo Adolfo. El aire en esa casa era espeso. Lo encontré en el living con la mirada fija en el cuadro sobre el hogar. “La abuela, la abuela” repetía. Guillermo no me registró. Me acerqué al cuadro. Era la pintura de una mujer que se ahorcó con el cable del teléfono.
La madre de Guillermo me acompañó a la puerta, le pregunté por ese cuadro.
-La abuela de los chicos era la mejor cocinera de Dobrinka, ciudad del Volga. Hacía el mejor Strudel. Reconocido por todos. Cuando se cruzaban con ella los pobladores se sacaban el sombrero en señal de reconocimiento y respeto. Se hizo el concurso anual del Strudel que ella “la mejor” venía ganando desde que tenía 9 años. La abuela que ya no veía bien, confundió el Bicarbonato con el azúcar. Su Strudel no ganó. Acto seguido la abuela saludó elegantemente al jurado y al público, caminó rápidamente a su casa y como no encontraba una soga y había que ser eficiente y no perder el tiempo, se ahorcó con el cable del teléfono dejando una nota: “La muerte antes que la deshonra”.
- ¿Y por qué el cuadro? - le pregunté.
-Para que todos en esta casa tengan presente que significa: “No ser el mejor”-.
Mientras cerraba la puerta de hierro y roble, se escuchaban los gemidos de Guillermo. - “La Abuela, La Abuela”-.
Marcos Urankar
Alumna del taller de Analía Bustamente


























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