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Bell 212 y sección de Hughes 500
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Hughes 500
Hughes 500
Hall principal de la Base Aérea Militar Morón
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Sección de Hughes 500
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Jeep conservado en la Base de Morón
Jeep conservado en la Base de Morón
Bell 212
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Sociedad
4 Oct 2020

Travesura: niños "atacaron" un helicóptero de la Base de Morón en los 70

Por: Leandro Fernández Vivas.
Casi como un juego, y sin pensar en consecuencias, le dispararon con una escopeta artesanal cargada de cantos rodados a un Hughes 500 de la VII Brigada: “Pin, pum, pin, sonaron las piedras en el helicóptero aceituna”, contó un vecino a Castelar Digital.
Cada pueblo construye su identidad a partir de historias comunes. Sucesos que vivieron muchos de sus habitantes, historias que se cuentan de generación en generación y mitos que a veces se nutren de detalles agregados que hacen al relato más atractivo pero que terminan modificando el hecho narrado. Castelar no escapa de esa lógica y muchos de sus mitos son reales y otros no. En un repaso rápido se puede señalar algunos de esos mitos como ser la caída del Gloster Meteor de 1958, confirmado históricamente, o el túnel que uniría el colegio Sagrado Corazón con el Inmaculada que nunca pudo comprobarse o incluso mitos refutados como el zoológico de Cutini y animales salvajes sueltos en la Base de Morón, algo que nunca ocurrió.

Entre muchos relatos, quien suscribe escuchó uno en particular que llegó de distintas fuentes. Siempre algún vecino del barrio señalaba algún detalle sobre una travesura que nació como juego pero tuvo acciones graves y que pudo haber terminado peor de lo que fue. Según las narraciones un grupo de chicos, jugando, había atacado un helicóptero de la Fuerza Aérea Argentina en el interior de la Base de Morón cuando aún era la VII Brigada Aérea. Ahora Castelar Digital pudo dar con uno de los protagonistas y así confirmar el mito, que con el paso de los años, igualmente puede tener detalles o brillos propios de la repetición. Empero, este portal ha decidido no difundir algunos detalles que al día de hoy podrían facilitar actos de inseguridad y lejos está de los objetivos de Castelar Digital difundir ataques a helicópteros, esta es sólo una anécdota, una travesura de chicos.  

La aviación en Castelar y el oeste del conurbano está presente desde inicios del siglo pasado. En el Palomar y en el Aeródromo de Castelar se escuchaban motores desde antes de que aparecieran los primeros edificios, clubes, bares y comercios que hoy identifican a la zona. La actual Base de Morón comenzó a funcionar en la década del 40 y como Aeropuerto Rivadavia fue la primera terminal internacional del país hasta que toda la actividad aerocomercial se trasladó a Ezeiza. A principios de los 50 se creó la VII Brigada Aérea desde donde operaron los Gloster Meteor IV, primeros caza interceptores a reacción de Latinoamérica y la defensa aérea de la Ciudad de Buenos Aires durante gran parte de su vida operativa. Esta Brigada se transformó luego en la cuna de las ‘alas móviles’ de la fuerza con helicópteros como Bell UH-1D, Hughes 500, CH-47 Chinook y similares. La base también en los 70 era el escenario de juegos de todos los chicos de Castelar.

“Entrabamos a jugar, a tirar con la gomera o a pescar mojarritas en el puente blanco, había un arroyito y un puente blanco que pasaba por arriba. Éramos chicos, teníamos entre 10 y 12 años, quizás había alguno de 15. Era para diciembre, en el verano entrabamos siempre a la base. No había tecnología, no existía la Play Station, teníamos que inventarnos los juegos”, relató a Castelar Digital Aldo un ex vecino de Castelar que vivió aquella travesura de mediados de los 70.

“Todo el barrio estaba en construcción y había montañas de materiales en todas las cuadras. Estaban las montañas de cantos rodados y nosotros pasábamos horas buscando las más redonditas para tirar con la gomera. A la vuelta de la casa de mi vieja, sobre la calle Andrade, había una carpintería que hacía culatas de rifles carabina. Tenían tornos y hacían culatas, pero cuando alguna salía mal la tiraban. Nosotros las agarrábamos y jugábamos, le poníamos un caño, un petardo y cantos rodados. Se nos ocurrió ir a la base a tirar con estas escopetas en remplazo de las gomeras”.

En la comprensión de los chicos del barrio ingresar a una base militar portando varias escopetas de juguete, pero con un limitado poder de fuego, no significaba una contravención, no era peligroso y menos podía ser tomado como una actitud hostil, ninguno reparó en el contexto violento de la década del 70. “Estábamos jugando cuando vino un helicóptero de los chiquitos, de los que nosotros llamábamos aceitunas, y nos empezó a correr. Hubo veces que nos tiraron con balas de sal, que no hacían nada pero ardían. Esa vez volaban bajo, nos corrían con las palas del helicóptero… y uno no tuvo mejor idea que tirarle con una de estas escopetas. Pin, Pum, Pin, los cantos rodados pegaron por todo el helicóptero. Se fueron, pero atrás vinieron los jeeps y camiones a buscarnos”, rememoró Aldo.

No era la primera vez que los Jeep sacaban a los chicos que jugaban. Siendo un predio militar no debía haber nadie ajeno a la fuerza jugando en la zona. El procedimiento era casi de rutina, se los llevaba hacia las instalaciones militares y se llamaba a los padres para que los retiren por la puerta principal. Igualmente la medida no hacía mermar los ingresos lúdicos de los vecinos más chiquitos de la base. “El helicóptero se fue, vinieron los jeep y nosotros nos escondimos. Nos metimos en una casa en construcción y nos quedamos ahí muchas horas mientras las camionetas recorrían el barrio. Nunca nos agarraron. Imagino que no le hicimos ningún daño al helicóptero, ya estaba alto y eran piedras. Para ellos fue un ataque, nosotros éramos pibes jugando. Creo que se asustaron, ellos estaban a una altura de 100 metros y ver una cosa así, como de escopeta y que te tiren y te pegue, debe asustar bastante”.

“La base tenía un tejido de alambre que la bordeaba toda. Nosotros, más o menos en frente de la Escuela 40, habíamos aflojado un tornillo que sostenía el alambre a un poste, hacíamos un hueco y nos metíamos. Después lo arreglaban y nosotros lo volvíamos a aflojar. Nos metíamos agachados hasta el polígono y juntábamos los plomitos de las balas. Después los fundíamos y hacíamos bolitas para la gomera, plomadas para pescar. Eran travesuras, no teníamos noción de lo que estaba pasando. Lo mismo nos metíamos en la Quinta Seré, corríamos carreras, a ver quién se animaba a pasar de punta a punta y nos corrían los perros. De diciembre a marzo podíamos estar todo el día en la calle, nos quedábamos jugando a la pelota hasta las 11 de la noche, teníamos 10, 12, 14 años. Hoy los chicos de 14 hacen otras cosas, nosotros pasábamos el verano boludeando”, finalizó entre risas Aldo.

La VII Brigada operó en Morón hasta fines de los 80 cuando se mudó a la Guarnición Aérea Mariano Moreno en el Partido de Moreno desde donde actualmente operan los Bell 212, Bell 412, Mi-17 y algunos pocos Hughes 500, quizás incluso aquel que atacó Aldo con sus amigos. La Base de Morón continuó siendo lugar de juegos, de aventuras clandestinas, carreras de bicicleta y lugar de práctica de pirotecnias varias por parte de muchos de los chicos del barrio. Supo tener una canchita en la intersección de Montevideo y Alcorta, cañaverales, pequeñas montañas y tupidos montes ideales para jugar y liberar la imaginación en pos de risas y carcajadas. No volvió a haber ataques a helicópteros ni nada similar, pero el mito, ahora confirmado por Castelar Digital, trascendió generaciones y barras de amigos a los que los unió, sin importar los años y el tiempo, los juegos en la Base de Morón.


 
Leandro Fernández Vivas

Leandro Fernández Vivas

Periodista

Técnico Universitario en Periodismo.
Director Periodístico en Castelar Digital.
Socio Fundador de Ocho Ojos.

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