“El aula es un recinto donde hay muchas alegrías”
Por: Gabriel Colonna, Leandro Fernández Vivas.“El aula es un recinto donde hay muchas alegrías”, recordó al repasar su trayectoria docente. Para ella, la escuela era también un espacio de contención. “Los chicos a veces vienen con problemas y uno trata de contenerlos”, explicó al describir el vínculo cotidiano que se construía en el aula.
Se recibió de maestra a los 19 años y comenzó a trabajar casi de inmediato. Su primer destino fue la escuela nocturna Nº 42, frente a la Base Aérea de Morón. “Recién recibida me pusieron en la nocturna y ni pensé que eran adultos”, recordó. En ese curso tenía alumnos de su misma edad y otros mucho mayores. “Había una señora y un señor que tenían que aprender a leer y escribir”. El desafío era grande. “En ese mismo grado me pusieron tres grados juntos. A unos tenía que enseñarles a leer y escribir y a los otros darles otra tarea, pero nos arreglábamos”, contó.
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Antes de iniciar el magisterio había cursado el bachillerato en el Colegio Nacional de Morón, el actual Manuel Dorrego, donde conoció a quien luego sería su marido, el médico Alfredo Ovando. Más tarde completó dos años de formación docente en el Instituto María Mazzarello. Trabajó como suplente en la escuela Nº 42 y luego en la Nº 3 de Morón. También participó en la inauguración de la escuela Nº 83, cercana al puente de Morón. Con el tiempo se incorporó a la Escuela Nº 17 de Castelar, donde trabajó durante 18 años. Más adelante pasó por la escuela Nº 48 de la calle William Morris en Castelar Sur y llegó a desempeñarse como vicedirectora en una escuela del barrio San Alberto, en Ituzaingó. “Siempre anduve por el barrio”, recordó.
Su carrera docente concluyó en la escuela Nº 40 de Castelar, ubicada sobre la calle Santa María de Oro. Allí se desempeñó durante los últimos años como vicedirectora y se jubiló en 1991, después de cuatro años en ese cargo.
La vida cotidiana durante aquellos años fue intensa. En una etapa llegó a trabajar tres turnos diarios. “A la mañana iba al colegio Laines de Ramos Mejía, a la tarde a la escuela 3 de Morón y a la noche a la 42”, recordó. Con el tiempo esa rutina se combinó con la vida familiar. Fue madre de cinco hijos y sostuvo durante años un ritmo exigente. “Viví una vida muy intensa, entre mis hijos, la escuela y el geriátrico”, resumió.
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Entre esas responsabilidades estuvo el Hogar del Doctor Ovando, proyecto familiar que comenzó a gestarse a principios de los años ochenta. La idea surgió a partir de una experiencia personal. “Yo tuve a mi mamá con Alzheimer y me di cuenta de que muchas familias tenían el mismo problema”, explicó.El hogar comenzó a funcionar en 1982 en una casa de Castelar Sur. Lydia regresaba de la escuela y continuaba trabajando allí. “Volvía de dar clases y me ponía a trabajar en el hogar”, recordó. (Ver: Hogar del Doctor Ovando: “Estamos abiertos hace 40 años durante las 24 horas”)
La elección de la casa donde comenzó el emprendimiento tenía una historia especial. “Cuando era chica pasaba por ahí y miraba esa casita que estaba medio destruida”, contó. Años después, cuando su marido buscaba abrir un consultorio en la zona, apareció la oportunidad de comprarla. Esa misma casa se convirtió en el primer espacio del hogar.
A pesar de las múltiples tareas, la enseñanza ocupó siempre un lugar central en su vida. “Llegaba a la escuela y era un mundo mágico con los chicos”, recordó. Prefería trabajar con los grados intermedios. “Ahí es donde se enseña más, porque se enseña la lectoescritura y a redactar”.
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Los recreos también reflejaban otra época. “Los varones corrían más que nada y las nenas jugaban a la soga o a la ronda”, recordó. Las figuritas, las bolitas y los autitos formaban parte de los juegos cotidianos. El vínculo con las familias también era distinto. “Los padres respetaban mucho al docente”, explicó. Según recordó, las recomendaciones de los maestros eran escuchadas con atención.
Las anécdotas se acumularon con los años. Una de las más recordadas ocurrió durante una clase sobre los sentidos. Mientras explicaba el gusto con ejemplos de alimentos, un alumno mencionó el nombre vulgar de un ají picante justo cuando estudiantes de magisterio observaban la clase. “Me habían puesto cuatro chicos de magisterio para que vieran la clase y me puse verde”, recordó entre risas.
Las inundaciones también dejaron historias particulares. En la escuela nocturna Nº 42 una crecida obligó a evacuar el edificio. “Trajeron un caballo y salimos a caballo”, recordó. Situaciones similares ocurrieron en otras escuelas donde trabajó. “En la 48 también se inundaba mucho, pero igual íbamos porque los chicos iban”.
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Con el paso del tiempo, muchos de sus alumnos volvieron a aparecer en situaciones inesperadas. “Un día entramos a una frutería y el chico que atendía me dijo: ‘Usted es maestra, yo fui su alumno’”, contó. En otra ocasión, una mujer la reconoció en una peluquería. Castelar también era distinto en aquellos años. “Era todo de casas bajas, no había edificios”, recordó. La vida barrial era tranquila y los vecinos solían estar atentos a los chicos que jugaban en la calle.
Después de más de tres décadas en las aulas, su carrera concluyó en 1991. Con el paso del tiempo, el ritmo cotidiano cambió. “Ahora descanso todo lo que puedo”, dijo. Sin embargo, los recuerdos siguen ligados a la escuela. “Trabajar con chicos es lo mejor”, resumió.
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Gabriel Colonna
Fotógrafo
Fotógrafo. Programador Web. Emprendedor.
Fundador y Director Ejecutivo de Castelar Digital.
Socio Fundador de GAMA Taller de Imagen.
Socio Fundador de Ocho Ojos.
Leandro Fernández Vivas
Periodista
Técnico Universitario en Periodismo.
Director Periodístico en Castelar Digital.
Socio Fundador de Ocho Ojos.
Docente Universitario en UNLaM.















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