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Rincón literario
Rincón Literario
31 May 2024

Cuentas pendientes, por Eduardo Benítez

Por: Taller Literario Anaquel, Biblioteca Popular 9 de Julio.
Eduardo Benítez llegó a Castelar con tres meses de vida y se recibió de bachiller en el Colegio José Hernández (primera promoción). Es jubilado, reparte comida con su moto. Sus gustos son simples: los bares, los bodegones, los amigos, el cine y el verano. Integra el taller de escritura Anaquel, que funciona todos los miércoles en la Biblioteca Popular 9 de julio de Castelar.

 
Yo estaba radicado en el extranjero cuando me llegó la noticia de la muerte de mi abuelo.
Sentí el arrepentimiento de no haber podido compartir casi nada con él durante muchos años. Yo era su único pariente vivo.
Viajé a Buenos Aires de forma desprolija y apurada dejando asuntos pendientes.
Volví al barrio de donde había partido hacía mucho, mucho tiempo. Arribé un día de llovizna húmeda y pegajosa.
La casa no tenía rejas, sólo la pequeña puerta de tablitas con un pestillo.
Doña Carmen, una vecina ya muy vieja a quien tardé en reconocer, me dio la llave de la puerta de entrada.
─ ¿Qué le pasó, fue de golpe? - pregunté.  Nunca tuve noticias de una enfermedad.
─ ¡Bien dicho, de golpe! Se cayó de la terraza, lo encontramos en la vereda.
Y agregó en voz baja: ─ Se comenta que se pasaba a la casa de al lado cuando se iba el marido.
Deseché el comentario y entré en la casa. Noté que la puerta estaba abierta, había un olor rancio a humedad y encierro. Ni bien dejé el bolso en la mesa llamaron a la puerta.
─ ¡Hola! –me saludó un flaco pelirrojo con cara seria.
─ Usted es el nieto- afirmó. ¿Sabe que su abuelo me dejó un clavo de dos meses en el almacén?
─Bueno, voy a la funeraria y paso por su local- le respondí.
─ ¡No se olvide! –gritó.
 Y se fue conforme.
Salí a la vereda. Ya no llovía pero seguía nublado y pegajoso. La funeraria estaba cerca.
 Escuché que alguien se lamentaba detrás de mí: ─ ¡Qué pena lo de Alberto, tan jovencito!
¿Jovencito? Si tenía ochenta años, pensé. Me quedó claro cuando la vi, era la madre de doña Carmen.
Empecé a caminar y cuando estaba llegando a la esquina me paró un pelado en bicicleta. Lo reconocí rápido. Era Gregorio, el quinielero, que había perdido el pelo pero no las mañas.
─Escúchame, pibe, el Alberto me jugó al fiado y tengo que rendir, pero no agarró un sope y eso que le jugó a la caída, como si supiera.
Le pregunté cuánto era y le pagué. Gregorio siempre fue de ley.
Crucé la calle y vi el cartel del velatorio. Entré y estaban velando a un enano, se me ocurrió que era una muestra gratis de propaganda. Hice el papeleo, pagué y salí. Lloviznaba otra vez.
Tenía hambre, no comía desde que bajé del avión. Me acordé de un bodegón en una esquina pero no sabía si existía todavía. Anduve unas cuadras y lo vi, el tiempo lo había dejado ileso, feo como siempre. Me senté a la mesa de la ventana.
Un morocho grandote con delantal de carnicero se acercó y me preguntó.
─ ¿Usted es el nieto de Alberto?
─Si, ¿qué dejó debiendo acá? - inquirí resignado.
─Y… el sábado apareció con dos señoritas de esas de la noche - contó con timidez- y se tomaron todo. Se agarró una curda para tres cosacos y no le pude ni cobrar.
Le pagué, comí y salí del bodegón para regresar a la casa pensando que había algún desgraciado que paraba los colectivos para contarles que yo había llegado.
─ ¡Oiga! -me gritó un tipo de cara verdosa y larga como un yacaré.
 Lo miré acercarse y me cayó la ficha.
─ Vos sos el de las minas- lo madrugué antes de que dijera nada.
─Sí, y poné la mosca o te estropeo -amenazó.
Le pagué.
Por fin llegué a la casa, me tiré en la cama que estaba revuelta de hacía meses y el tic tac de un reloj viejo me durmió. Dormí bastante y me desperté porque golpeaban a la puerta. Recordé al marido de la vecina, por suerte era el cartero. Dejó una notificación de remate de la casa.
Miré la guita que tenía y con lo último llamé un taxi y rajé al aeropuerto.
Ya en el avión con la mirada perdida me cayeron como sombras todos los muertos familiares y el viejo Alberto sin duda iba a ocupar un lugar privilegiado en mi memoria. Una sonrisa me salió de adentro. ¡Qué viejo atorrante!
El avión despegó.  
─Y, que la deuda del almacén la pague la vecina de al lado -pensé.
Eduardo Benítez
 Taller Literario Anaquel, Biblioteca Popular 9 de Julio

Taller Literario Anaquel, Biblioteca Popular 9 de Julio

Anaquel nació hace 8 años honrando una noble tradición literaria de la biblioteca.
Nos reunimos todos los miércoles por la tarde para leer, escribir, hacer juegos literarios y desarrollar actividades performáticas de escritura creativa.

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