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29 Dic 2023

Cuando la máscara cae, por María Salome Llorente

Por: Maria Salome Lorente Moreno.
¿Te imaginas quizá que llevo otra careta y que esto... esto... mi cara es una máscara?
Gastón Leroux
Abro los ojos y no puedo comprender cómo llegué hasta aquí. Estoy de rodillas en el piso de cemento del patio interior de mi departamento. Me doy cuenta que he llorado, debo haber llorado mucho, mis ojos arden y siento el rostro hinchado.  Apenas puedo levantarme, cuando logro hacerlo voy dando tumbos hasta el cuarto, me recuesto en la cama y cierro los ojos.

Intento concentrarme, ordenar mis ideas por tamaño, forma y color para encontrar una respuesta, y comienzan a pasar por mi mente escenas de mi vida que había dejado olvidadas en algún rincón de mi pasado.

Mi nombre es Verónica. No recuerdo el momento exacto en que mi existencia se convirtió en un verdadero calvario, el preciso instante en que dejé de beber por jovialidad y me convertí en una esclava del alcohol. Comienzo a hacer un inventario de mi vida pasada llena de éxitos, de pompa y poder, los momentos en que me jactaba de la facilidad con que lograba mis objetivos y mis metas. Me siento dentro de un torbellino, no puedo poner orden a todo cuanto aparece ante mí, un desastre, un verdadero desastre.

Por primera vez me siento reducida a mi tamaño; pienso serenamente que soy una pequeña parte de algo vasto e incomprensible. Respiro hondo, miro alrededor y solo está la cama, una mesita, un espejo y una lámpara, todo lo demás desapareció, más bien lo fui sacando poco a poco y llevándolo a un lugar donde pudieran darme dinero para comprar licor. ¿Qué hice con mi vida? levanto el espejo y me miro en él, no tengo rostro, veo una máscara asustada y temerosa que me mira fijamente. Detrás de ella puedo advertir claramente lo que ocurrió en mi mundo.

Recuerdo nítidamente mis viajes de un lado a otro, mi recorrido por tantos lugares, cuando aún mi voluntad y mi conciencia no habían desaparecido, los momentos en que escribir una historia me resultaba fácil y encontrar el triunfo era siempre mi destino. El tiempo en que mis amigos sentían placer con mi presencia y compartían conmigo sus inquietudes, sus tristezas, alegrías y esperanzas, cuando tomarnos una copa de vino era realmente algo agradable.  Sonrío, la máscara del espejo cuaja la sonrisa y la transforma en una mueca, siento miedo porque sé que aparecerá algo que tal vez no me encuentre preparada para ver.

De repente me veo dentro de un auto a toda velocidad. La carretera es angosta y peligrosa, no puedo comprender cómo llegué a mi destino. ¿Cuántas veces me habrá ocurrido esto? Parpadeo, miles de escenas llegan agolpándose unas a otras como si quisieran tener la primicia del recuerdo. Un cuarto con una luz mortecina, un colchón en el suelo y una botella de whisky tirada en un rincón. Puedo sentir el olor. De repente siento la necesidad de soltar el espejo, levantarme y correr a la cocina a servirme un trago, pero no puedo, siento que estoy clavada en la cama, como si la máscara del espejo no me permitiera movimiento alguno. Estoy metida en una trampa. Profiero una plegaria sincera: “Dios, por favor ayúdame”. Por primera vez comprendo que no estoy regateando con Él ni sugiriéndole cómo o cuándo me va a ayudar.

Tengo una debilidad inmensa. Respiro dando pequeñas bocanadas alejadas unas de las otras. Si me pusieran en este momento un trago a pocos centímetros de mis manos no tendría fuerzas para agarrarlo. Por primera vez estoy arrinconada en una esquina en la que no puedo pelear, gritar ni defenderme. Intento poner el espejo en la cama, no lo consigo en él la máscara sonríe por primera vez y al mismo tiempo vuelve a derribarme con su mueca, un edificio a medio construir, un rincón, en medio yo elegantemente vestida rodeada de sacos de cemento, cigarrillos y en mi mano una botella de Chivas, de no sé qué denominación. El Land-Rover mal estacionado, subo a él y recorro a toda velocidad las frías calles de una ciudad sin nombre como si no quisiera llegar a destino alguno. En realidad, me doy cuenta de que no sé cómo puedo estar viva, mis ángeles guardianes deben tener mucho trabajo.

Escucho una voz interior que me dice: “Muérete o intenta hacer algo bueno”. No entiendo nada. Tengo un miedo infinito, aún no quiero morir tengo mucho que escribir y mucho que hacer todavía. ¿Escribir? desde cuándo no escribo, y qué voy a escribir si lo único que quiero es permanecer encerrada entre cuatro paredes bebiendo. La silueta del espejo me hace un guiño, qué estará diciendo, no la comprendo me quiere decir algo, quiere que me levante, pero no me deja debo seguir viendo cosas de mi pasado y presente tenebroso. Recuerdo que comencé a hacer un inventario de mi vida y hasta que no termine no me dejará ponerme en pie me tiene atada.

Llega a mi mente un recuerdo vago de un nuevo éxito, un viaje largo, muy largo lleno de aventuras, lugares que siempre quise conocer, vino, sangrías, pintores por doquier, museos, cenas con los reyes, reuniones en las altas esferas, elogios y más elogios, vino y más vino, todo es como una ensalada Baudelaire, y ahora estoy en el puro lodo. Quiero levantarme, no puedo moverme, no puedo quitar el espejo de mi rostro, la máscara se hace cada vez más horrenda vuelvo a parpadear como tratando de borrar las imágenes, pero están allí y aparecen una a una. Un regreso con la gloria en el bolsillo y la mente llena de esperanzas que se desvanecieron a medida que el licor se apoderaba más de mi voluntad y mi conciencia.

Ahora puedo recordar cómo tiré todo por la borda del barco de mi vida tengo que rendirme. Tengo que salir del barro, reconocer mi impotencia, pero cómo. Me aferro a la idea de que tiene que existir algo que me saque de este infierno. Me veo en una clara sombra buscando las colillas de cigarro que tiré en el basurero para unirlas en un papel cualquiera y poder fumar, corriendo a la noche al supermercado para conseguir algo de licor con el dinero del último objeto de valor que tenía en la casa y que fue empeñado o vendido. ¡Oh! Dios, es por eso que el espejo no me suelta para que yo vea cada instante en que he perdido el control de mi vida. Ocho días sin comer, días en que bañarme era una odisea, en que caer en el suelo de la casa se había convertido en algo rutinario. Momentos en que las paredes me sostenían para que no cayera.  La máquina de escribir empolvada y tirada en un rincón, cinco años sin escribir ni un cuento, los libros a medio terminar tirados Dios sabe dónde, los amigos alejados y los que están cerca solo decirme que busque ayuda, …ahora comprendo por qué sus gritos, sus amenazas y sus preocupaciones.

Es viernes, sé que hoy es viernes. La pasada semana fue Semana Santa, un verdadero Vía Crucis. Al fin comprendo qué estaba haciendo en el patio, arrodillada en el piso de cemento. Estaba gritándole a Dios, que si Él existía en realidad que no me dejara salir de la casa, que si en realidad existía, que no me permitiera atravesar el umbral de mi puerta para ir a comprar algo de beber con el último dinero que me quedaba. Entonces me ha escuchado, por eso estoy aquí en la cama sin poder moverme con un espejo que cuajó mi cara en una máscara, la máscara que llevo puesta para que no puedan ver mi impotencia ante el alcohol. Me desespero, trato de sentarme y no lo consigo, me rindo ya no voy a luchar contra el espejo. Entro en un letargo profundo, me duermo.

De pronto mi perro comienza a gruñir y me despierto, un sudor intenso y frío recorre mi cuerpo, abro los ojos, no doy crédito a lo que veo porque nunca he creído en los milagros.  La habitación está totalmente iluminada, una luz blanca y clara rodea mi cuerpo y se fija en el techo del cuarto, siento un miedo profundo. No quiero morir. Cierro los ojos y rezo el Padre Nuestro. El sudor comienza a secarse, y le digo a Dios que, si ha llegado mi hora, solo le pido que alguien cuide de mi fiel amigo. Permanezco tranquila, no lucho. No sé cuánto tiempo ha transcurrido, mi perro ha dejado de gruñir, abro los ojos y la luz ha desaparecido. Me miro en el espejo y esta vez veo mi rostro después de muchas horas. La máscara ha desaparecido es el reflejo de mi cara lo que encuentro en la imagen. Intento levantarme y lo logro, entonces, solo entonces me doy cuenta que por muchas horas no he bebido y no siento la necesidad de hacerlo. La obsesión por beber ha desaparecido. ¡Esto es un milagro! Hay que limpiar la casa, comenzar una nueva vida feliz y útil, hay que podar las flores del jardín. Tengo que olvidar el pasado o recordarlo para no volver a caer en los mismos errores voy a buscar en él las partes positivas y las negativas para que me sirvan de lección. Comenzaré de cero, pero esta vez pondré todas las historias tristes debajo del tacón de mis zapatos. Ya no más, ahora sí ya no más, Voy a crecer y no dejaré que algo me lastime. Maestro si Tú me has liberado de esto, puedes hacerlo de todo aquello que pueda causarme dolor. Ayúdame a poner la razón delante de mis sentimientos y a ser un mejor ser humano. Voy corriendo a escribir lo que me ha sucedido, para que no se me olvide dónde caí y de dónde me has levantado.

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Maria Salome Lorente Moreno

Maria Salome Lorente Moreno

Lic. Historia del Arte, Lic. Español y literatura, Lic. Filología, Correctora de textos, Escritora de Literatura Infantil. Actualmente trabajo para una editorial. Realizo desgrabaciones y edición para una revista digital. Colaboro, asesoro y corrijo los trabajos de un artista y escritor argentino, radicado en Perú, en la labor que realiza con los niños, en el campo literario, en una obra social comunitaria en la villa El Agustino en Lima.

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