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Rincón literario
Rincón Literario
18 Ago 2023

Priscilla, por Sebastián Fontenla Gil

Por: Taller Literario Anaquel, Biblioteca Popular 9 de Julio.
El amor y el desamor, los adioses definitivos y los que no lo son, las vidas desfasadas, lo que no fue, la constatación amarga de lo esquivo, la pasada juventud, el presente ahí, el futuro que no promete mucho, las cosas que se terminan para siempre; todas estas cuestiones van tejiendo el relato de Sebastián Fontenla Gil como una serie de reflexiones sobre el peso de los recuerdos, la conciencia de la pérdida y la imposibilidad de apresar el pasado.
Encendió un cigarrillo, dio la primera pitada y mientras largaba el humo de forma entrecortada, ella le dijo: - Vine porque necesitaba cerrar un ciclo.

Habían pasado veintitrés años y al igual que en los viejos tiempos su seguridad lo apabulló, ambos se quedaron en silencio. Lo invadió el mismo temor que sentía en aquellas tardes cuando volvía rápido de la facultad para encontrarla antes de que ella saliera con sus amigas. No quería que se fuera, y a pesar del lugar, deseaba que ese instante no terminara nunca.

La noticia de una muerte los sorprendió un sábado al mediodía, tras un culposo mensaje de WhatsApp. Fueron tres palabras que anunciaron lo inesperado, “Muchachos, falleció Daniel”. Desde ese momento supo que el encuentro iba a ser inevitable. El destino que alguna vez los había reunido en la alegría de la juventud, hoy los llamaba en la tragedia de un febrero agobiante.

Tel vez fue el último deseo de Daniel. Todos volvieron a juntarse dejando sus vidas detenidas, como internándose por un instante en un universo paralelo, al cual habían pertenecido alguna vez. Los abrazos siguieron a los lamentos, el reencuentro no deseado, la despedida de un amigo mucho antes de tiempo. El cortejo depositó en Ezpeleta los últimos atisbos de inmortalidad. Algo se había roto, antes eran eternos.

Y allí estaba ella, frente a él, después de tanto tiempo, llorando, como la última vez que se vieron. Hermosa, como antes, tenaz, como siempre. Cruzaron las miradas entre la multitud atrayéndose mutuamente, salieron de la capilla ardiente por instinto, sin pensarlo, a pesar del dolor y del sol que abrasaba las criptas de ese cementerio derruido del conurbano.

La afirmación, envuelta en humo, destruyó en segundos cualquier expectativa que él hubiera podido imaginar. Una vez más se sintió un idiota, cayó en la trampa, pero en verdad, ¿cuál de los dos la había armado? Volvió a verse sentado en la estación esperando el arribo del rápido a la Plata, intentando adivinar de que vagón bajaría, sabiendo de lo improbable del intento, sin aceptar que todo había terminado.

Mientras los enterradores daban paladas sobre la vida de Daniel, intentó el mismo discurso gastado, ensayado una y mil veces durante años en la soledad, cuando nadie de su familia podría escucharlo. Pero no pudo llegar a ese punto, nuevamente la perdía.

Hablaron de sus hijos, rebeldes los de ella, tímidas las de él, de sus vidas. De lo genial que era todo, uno sin el otro, hasta que se dieron cuenta que los miraban y sintieron culpa por la osadía. ¿De qué se sorprendían? Después de todo el grupo había comenzado a desmembrarse tras su separación. Como ella confesó, necesitaba estar con todos una vez más, por última vez, despedirse de Daniel, del resto, de aquellos años.

Al llanto final siguió la despedida. Partieron dejando a Daniel en sus recuerdos para siempre. “Cuidate” se dijeron, como si fueran alguien más del montón de personas que pasan por la vida.
Otra vez tomó la autopista. Debía volver a su vida, regresar a sus amores, a este tiempo que comenzó una tarde de agosto, cuando ella le explicó que ya no lo quería.

Fue en ese instante cuando brotaron las palabras, las justas, las precisas, las que esperó dos décadas para decir. Sentado al volante, tarde, siempre tarde. Solo era cuestión de que se lo pidiera y estaría dispuesto a dejarlo todo. Pero él no pudo decírselo, nunca pudo hacerlo. Otra vez tenía que irse, verla entrar a su vida y dejarla ir una vez más, complaciendo sus intenciones, bebiendo su tenacidad, como ese café de un agosto por la tarde.

El horizonte dibuja el peaje de Dock Sud y el aire acondicionado no da abasto, por suerte la aguja del termostato mantiene su lugar. Mientras comienza a buscar cambio en la guantera se pregunta, ¿a dónde estoy volviendo?, al lugar correcto, a la vida, uno sin el otro.  

Mientras las ruedas siguen girando, como un ciclo que parece nunca tener fin.

                                                                                 SEBASTIÁN FONTENLA GIL
 
Sebastián Fontenla Gil nació y creció en Quilmes. Actualmente vive en Francisco Alvarez junto a su familia y es integrante del taller de Escritura “Camino a Itaca”, de la Biblioteca Popular 9 de julio de Castelar. Formó parte de la escena punk de zona sur y escribe columnas de rock en medios digitales.
 Taller Literario Anaquel, Biblioteca Popular 9 de Julio

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