Cuando un sapo podía confirmar un embarazo
Por: Leandro Fernández Vivas.En el Laboratorio Viola, el método formó parte del trabajo cotidiano hasta comienzos de los años 60. “Acá teníamos sapos por todos lados, porque estaba la aeronáutica cerca, íbamos en bicicleta. Pero no podía ser cualquier sapo, tenía que ser el sapo macho”, recordó la bioquímica Ana María Viola. Los animales llegaban de manera particular: “Venía el sapero, un hombre con una bolsa arpillera, y nos vendía los sapos”.
El procedimiento comenzaba cuando una mujer se acercaba con la duda y llevaba una muestra de orina. Esa muestra contenía la hormona gonadotropina coriónica humana (hCG), producida durante el embarazo. Esa hormona estimulaba los testículos del sapo macho. “Mi papá esa orina se la inyectaba al sapo macho y lo ponía en una jaulita. Había un montón de jaulitas con el nombre del paciente; el nombre del sapo nunca lo supimos, pero el de la paciente estaba ahí”, contó.
#NotaRelacionada: El Laboratorio Viola cumplió 70 años de historia
A las 48 horas llegaba el momento decisivo. Se tomaba una muestra de la cloaca del animal y se analizaba al microscopio. “Se ponía una gota entre porta y cubre y estaba llena de espermatozoides de sapo. Si estaba llena, la mujer estaba embarazada. Si no veías nada, no lo estaba. Era fantástico”, explicó Viola. La presencia de espermatozoides confirmaba que la hormona había actuado y, por lo tanto, que existía embarazo.
Antes de ese método también se habían utilizado otros procedimientos con animales. “A las ratas había que abrirlas y mirar si los ovarios estaban inflados”, recordó sobre la técnica de Aschheim-Zondek. Con el tiempo, esos sistemas fueron reemplazados por pruebas con reactivos químicos, como el Ortho test, que ya no requerían animales, y luego por tecnologías automatizadas. “Yo escribía los informes en máquina de escribir”, señaló, en referencia a una época sin computadoras ni digitalización.
El Laboratorio Viola fue fundado en 1954 en Castelar y se consolidó como uno de los espacios de referencia en análisis clínicos en la Zona Oeste. A lo largo de siete décadas acompañó la evolución de la bioquímica, incorporó equipamiento automatizado y adaptó sus prácticas a los avances científicos, manteniendo siempre un perfil familiar y profesional.
Ana María Viola fue parte central de ese recorrido. Bioquímica, docente y formadora de nuevas generaciones, participó activamente en la modernización del laboratorio, atravesó el pasaje de los métodos manuales a los sistemas automatizados y sostuvo durante años la atención y el vínculo con los pacientes. Su testimonio permitió reconstruir una etapa en la que la ciencia trabajaba con otros recursos, pero con el mismo rigor (Ver: El Laboratorio Viola cumplió 70 años de historia ).
La historia de los sapos no quedó como una anécdota pintoresca, sino como parte de la memoria científica argentina. Durante años, en laboratorios de todo el país, un anfibio respondió una de las preguntas más importantes en la vida de muchas mujeres.
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Leandro Fernández Vivas
Periodista
Técnico Universitario en Periodismo.
Director Periodístico en Castelar Digital.
Socio Fundador de Ocho Ojos.
Docente Universitario en UNLaM.












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