Pedaleando la vida, por Haydée Piteo
Esperaba con infantil ansiedad ese paseo de visita familiar de los domingos para adelantarme corriendo a detenerme extasiada ante la increíble belleza de aquella bicicleta.
Y fue promediando una casi adolescencia cuando se va dejando, casi sin querer, la sutil inocencia de la infancia, que llegaron los últimos “Reyes Magos”.
La bicicleta de mis sueños estaba ahí en aquel patio grande, como traída por los Reyes: corrí hacia los brazos del verdadero Rey Mago que hacía realidad mi anhelo, abrazándome a la fortaleza que lo hacía posible. ¡Y con cuánto sacrificio! Era humilde Rey pero verdadero Mago.
Cuantas pedaleadas fortalecieron mis piernas y me permitieron volar sobre ruedas dialogando con el viento y curtiendo mi rostro, mis hombros y brazos con el sol de aquel Castelar de entonces al que llamaban Córdoba chica.
Y hoy con tantos años que no quiero contar, de tantos Reyes que pasaron, pasan y pasarán, mi bici permanece y la amo como el mejor de mis recuerdos del fin de la infancia, cuando los Reyes son quienes son.
Pedaleando la vida adolescente y pedaleando para seguir viviendo la alegría de pedalear.
Mi bicicleta color crema de la vidriera aquella de una infancia feliz. Desaparecieron sus detalles que la hacían invaluable: escudos romanos, banderitas tricolor italianas, impresa la loba y sus lobeznos símbolo de Roma, timbre sonoro, banderín con el nombre de su marca, etc..
Hoy es dorada; con mi vocación de pintar quedó restaurada. La acaricio y le prometo alguna pedaleada más.












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