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¨Martin en el primer coliseo¨ por Alberto J. Dieguez

Publicado: 24/10/2019


Como todas las mañanas, Martin fue a “La Alborada”, el bar de Don Pérez, para apurar una ginebra. El hombre tenía siempre prendida la radio en Mitre y ese día entrevistaban a la directora del Teatro Colón, una tal María Victoria Alcaraz, mitad argentina, mitad rusa.

Él ya había escuchado en otra radio un anuncio, que hablaba de algo así como de Colonización y Barbarie; que había que colonizarse porqué el Colón esta bárbaro y que había que vivir la experiencia Colón.

En el bar, a  su vecino el Hilario, le gustaba hablar entre trago y trago de temas casi únicos y reiterativos, el futbol, las cuadreras y jineteadas y de Sarmiento.  Disfrutaba de despotricar contra él prócer, que quería matar a todos los indios, pobres, caudillos y a cuanto cristiano que usara chiripá.  Para el Hilario, la raíz de los problemas argentinos estaban en las ideas del sanjuanino.

Martin cuando sintió hablar de civilización y barbarie, prestó atención a lo que la mujer decía en la entrevista radial. Manifestaba que el teatro era para todos y pensó que esta era su oportunidad, para tomar una revancha sobre aquellos que lo apodaban, el ignorante.

Fuera de ese pequeño caserío de casas dispersas donde vivía, siempre fue una incógnita saber de donde era Martin. Cuando se le preguntaba respondía, pampeano, con lo cual uno no sabía, si era de algún pueblo de la pampa húmeda; de la Provincia de La Pampa o de cual lugar del  conurbano bonaerense.

Un día que andaba por la Capital, decidió modificar su destino y realizar la experiencia Colón.
 
Estaba seguro de que cuando volviese a su pago, lo envidiarían por haber estado en el primer coliseo, aunque para él, el  primer coliseo era la Bombonera. Además estaba convencido de que nunca más lo llamarían “el ignorante”.

Sacó la entrada más barata y se dispuso a ver la ópera Turandot. No sabía bien de que se trataba, pero escuchó decir a unas personas, mientras hacía la cola en la boletería, que era una buena producción.

Le indicaron que debía tomar el ascensor de la puerta de la calle Tucumán y hacia allí se dirigió. Se puso en la fila y para no parecer mal educado, dejaba el paso cortésmente a quienes le precedían. El ascensor tenía una capacidad de diez personas y se paraba con lentitud en varios pisos, por lo que la cola volvía a extenderse y él quedaba siempre por su cortesía, sin poder subir.

Cuando ya no quedaba nadie en la cola, pudo subir al ascensor junto a unas pocas personas rezagadas. Se enteró por el ascensorista que su localidad correspondía al gallinero. Vaya ofensa esta, para un bostero como él, estuvo a punto de protestar, pero se contuvo y se quedó callado para no armar un escándalo.

Él quedó solo en el ascensor, los demás habían bajado en la Cazuela, en Tertulia, en Galería. Llegó unos pocos minutos antes de que las luces se fueran atenuando y una voz pidiera por los parlantes que se apagasen los celulares, para no molestar la función.

Sorpresa se llevó cuando se enteró que la función debía verla parado, en un lugar estrecho, codo a codo con otros espectadores, como cuando iba a la Bombonera, pero a diferencia, aquí a la popular, la llamaban el gallinero. En eso él tenía experiencia y no le importo mucho.

Miró  el teatro de forma de herradura dorada, su mirada se dirigió a los palcos, a la platea, a la gran araña y pensó que bueno sería si la Bombonera estuviese techada, no se inundaría los días de lluvia.  Su vista se detuvo en las columnas con capiteles jónicos y corintios, que para él eran los parapetos de la tribuna.

Recorrió con su vista todo el teatro, buscando donde estaba la barra brava. El Acto I de la ópera lo sobrellevó estoicamente, observando cada una de las secciones de teatro, sus luces, el escenario. Todo era deslumbrante. Pero enseguida acordó que en ese lugar eran bárbaros. Lo habían dicho en la radio y lo decía el Hilario.
Decían que todo se desarrollaba en Pekin, en una ciudad que era China, cuando él bien sabía que estaba en la Capital. A él no lo engañarían. Él para llegar tomo el tren Sarmiento y luego el 132.

Cuando terminó este acto tuvo que bajar, para dar paso a que pudieran salir los demás espectadores.  Miró hacia donde estos iban y descubrió la existencia de un lugar que no era ni bar, ni confitería, sino un despacho donde vendían café y bebidas alcohólicas. No lo dudo, pidió una ginebra, pero el mozo le dijo que solo tenían  whisky y coñac y apuro el trago.

Al regresar a su lugar en el Paraíso, se detuvo a mirar un anuncio que lo leyó con dificultad, en el que decía: “El Colón para bebes” El primer coliseo abre sus puertas a una experiencia musical y corporal especialmente diseñada para pequeños de entre 3 meses y 2 años acompañados por sus padres. El espectáculo de 50 minutos está basado en la obra "El carnaval de los animales", de Camille Saint-Saëns”. A Martin esto no le gustó nada, - ¡No con los pibes no se metan! - pero entró nuevamente a la sala.

Supo que qué la princesa Turandot sólo se casaría con un príncipe de sangre real, que sea capaz de resolver tres enigmas que ella propondría, pero el fracaso supondría la muerte del pretendiente.

El príncipe de Persia había fracasado en su intento, al no poder dar ninguna respuesta correcta. La multitud pide la ejecución del príncipe y Tutandot se asoma a un balcón del palacio y ordena la ejecución del príncipe.

Martin se enfureció y no dudo ni un instante. Bajo con dificultad y como pudo, las escaleras y se dirigió a la platea, para defender al pobre príncipe de su ejecución, pero fue detenido con prontitud por el personal del teatro.

El pobre Martin despertó al día siguiente en un calabozo de la comisaría 3ra. sintiendo todavía la resaca de la noche anterior. Pidió hablar con el comisario, que lo atendió unas horas más tarde, esperando que se le pasara la resaca.

El comisario era un hombre de unos cincuenta y cinco años, de rostro serio y ceñudo, ojos vivaces que demostraba frialdad. Los ojos inquisitivos del  comisario recorrieron la figura de Martin. Le preguntó qué había pasado y Martin respondió, convencido de que había intentado realizar un acto heroico, “salvar a ese tipo de la muerte”. El comisario se esforzaba en estudiar a Martin. Ante la respuesta se echó hacia atrás en su sillón.

Señor Comisario dijo Martin. En el Colón, como dicen en la radio, son barbaros. Mire usted. Esa hija de puta de Turandot, hacia matar a sus pretendientes que no respondían bien a sus preguntas, ¿le parece bien a usted? Creo que eso lo llaman ahora, femicidio, pero además la barra brava y la hinchada gritaba bravo, bravo y aplaudía a reventar.

Esa princesa sangrienta, mataba a sus pretendientes que no adivinaban unos enigmas. ¿A usted le parece señor comisario? Uno quiere que gane Boca, pero también puede perder o empatar. Mire comisario si por no acertar, nos van a matar a todos. Además había tres tipos que se llamaban Ping, Pang, Pung, uno de ellos tocando un bombo de metal.

Yo solo baje a la platea para evitarlo, pero después no me acuerdo que paso.

Además en ese lugar encierran en un salón al que llaman Salón Dorado, a los bebes y a los niños y les hacen escuchar una música, que llaman el carnaval de los animales. Menos mal que los pibes salen dormidos ante tanto despelote.

Señor Comisario, respetuosamente le digo que usted tiene que intervenir ahora mismo. Ya!
El comisario se quedó unos segundos pensativo. Su rostro se había transformado de ser un rostro frio, ceñudo a uno más tierno, más paternal. Recordó cuando gustaba de ir periódicamente a ese teatro con su esposa, a funciones de ballet y de ópera. Disfrutaba de ese ámbito poblado de sylphides etéreas, de los mágicos sonidos que proporciona su excepcional acústica, de los suntuosos vestuarios de las actrices y actores.

Hacía tiempo que no iba. Las responsabilidades del cargo le habían limitado las salidas culturales y de esparcimiento. Quedo pensativo, como reflexionando por su situación.

Por la mente del comisario, pasaron diversos hechos y situaciones que se habían vivido en el teatro.

Los dos arquitectos que iniciaron su construcción murieron a los 44 años, sin poder terminar ninguno de los dos la obra, lo que dio lugar a supersticiones y atribuido a una maldición hecha por aquellos que no querían que la obra se realizara y a la dificultad de encontrar sucesores, que se sentían temerosos de correr la misma suerte de los arquitectos.

El arquitecto e ingeniero Francesco Tamburini, había llegado al país con su amante, después de haber sido perseguido por el esposo de esta, por todos los rincones de Italia. Una mañana lo encontraron muerto en su lecho.

A Tamburini le sucedió el arquitecto Vittorio Meano. Este tuvo un trágico final.

Durante una ausencia del arquitecto, un amigo de este, había visto a la criada, abrir la puerta del domicilio a un joven ex empleado del matrimonio. Alertado de la situación, el arquitecto regresó a la casa, sospechando del motivo de la visita.

Víctor Meano encontró al visitante y a su esposa en el piso superior, comprobando que el ex empleado tenía puesta la ropa suya.  Inmediatamente se desencadenó una acalorada discusión que finalizó con dos disparos realizados por el mucamo, que le quitaron la vida al arquitecto.

Recordó que por el año 1967, la Intendencia Municipal prohibió la ópera Bomarzo, basada en el libro de Mujica Lainez, aduciendo que "el argumento de la pieza y su puesta en escena, estaban reñidos con elementales principios morales en materia de pudor sexual". En realidad la historia trataba de un noble paranoico, impotente y bisexual. Pero la Intendencia Municipal, influida por la Curia, la consideraban inmoral, cuando la obra por esos días se estrenaba en Nueva York, con el mayor de los éxitos.

Recordó luego,  la noche en que una alienada recibía en el pasillo central de la platea, a los concurrentes, advirtiéndoles que en la sala había ladrones de alhajas.

Repentinamente surgieron en su memoria Carmen, la gitana muerta con un cuchillo clavado en la espalda; Adriana Lecoivreur, muerta envenenada; Lucia de Lammermoor que se volvió loca y mato a su prometido; las carmelitas de Poulenc y su muerte en la guillotina.

El comisario movió la cabeza de un lado a otro, en señal de desaprobación de estos finales operísticos y recordó que Turandot había estado prohibida en China, por más de setenta años. Se incorporó en su sillón y mirando fijamente a Martin le dijo con voz lenta:

Aplaudo que haya ido al Colón; pero no que se haya emborrachado,  vaciando la petaca de ginebra que llevo y tomando whisky. La próxima vez que vaya, deje la  ginebra y disfrute mirando las pinturas de Soldi;  las luces;  la majestuosidad del teatro y de la magia de la música y si puede vaya acompañado de alguien que sepa y que le enseñe.

En la vida no todo es el futbol, ni todo es Boca o River. Hay otras cosas por lo que la vida merece ser vivida. Vaya ahora a su casa y no quiero volver a verlo por acá.

Martin salió de la 3ra. Caminó medio turbado por Lavalle hasta llegar a Pueyrredón. Todavía no había podido entender bien lo que había pasado. ¡Buen tipo este comisario! Allí apuro el paso en dirección a la Estación de Once. Quería llegar cuanto antes a su pueblecito y ver las caras de aquellos que lo llamaban “ignorante”. El Hilario y alguno de ellos habían hecho la primaria o el secundario semipresencial en un año, pero del Colón nada. No sabían adonde quedaba- Él se sentía como el Cid, como el héroe que había protagonizado un hecho épico, con el que quedaría inmortalizado en la pluma de algún historiador, aunque no tenga la primaria terminada.

Martin había llegado a la estación y se encontraba sentado en el tren que lo llevaría a la estación Moreno. Allí debía transbordar y tomar un pequeño y antiguo tren de vagones de madera, que lo llevaría hasta su pago.   Le esperaba un largo viaje de más de dos horas y media. Estaba ansioso por ver las caras de aquellos que lo llamaban ignorante.  ¡Cuando les cuente la experiencia Colón, quiero verles las caras! El tren partió. Martin se quedó dormido en un instante, sus entremezcladas emociones y sus vivencias habían sido demasiado intensas.


Alberto J. Dieguez
E-mail: albdieguez11@gmail.com
Septiembre de 2019

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