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María Belén Chiesa: “La Milonga es una misa, un ritual”

Publicado: 17/03/2015


La profesora de tango de Tarzán cuenta los secretos del dos por cuatro y cómo llegó a ser la mentora de cientos de bailarines de Castelar. “Mi primera noche en Tarzán nadie me sacó a bailar”.

Llega el miércoles y un rincón de Castelar cambia de color, de sonidos y de visitantes. Con los habitué en sus mesas, Tarzán - el bar restaurante ubicado frente al túnel de la estación -, se transforma en milonga y una veintena de parejas gira al ritmo del dos por cuatro. El espectáculo se completa con los que van a ver, presenciar y vivenciar, un reducto de milonga en el oeste del conurbano.

Famoso por su comida y hasta con película propia, Tarzán, o La Tarzán según algunos amigos, es el lugar de encuentro de tangueros y no tanto. Para aquellos que les gusta esta música pero aún no la bailan, pueden aprender de la mano de María Belén Chiesa, la profesora que llegó al tango por casualidad.

Se trata de clases a la gorra, con la atención de María Belén y Sebastián Pereyra, y bajo la convocatoria de Javier Duró, el organizador de la milonga. La noche se completa con algún show y termina en baile, siempre dentro del aura mística de Tarzán.

La profesora comenzó en el tango casi por casualidad. Ella se dedica al diseño de interiores, pero durante su carrera una compañera la convenció de probar con una clase de tango. “Recién empezaba la carrera y una compañera de Nicaragua que estaba de intercambio me pidió ir a una clase de Tango y fui y dije: ‘esto no es para mí’. No conectás la primera clase. Ya hacerle caso a alguien no lo banqué. Lo dominante no lo toleraba. Esa primera clase fue en Padua, la segunda clase la chica no fue y yo me fui sola. Volví y me dije: ‘qué difícil’. Me cambié a Ituzaingó, a El Arcón de los Sueños, y empecé a ir todos los lunes. Era primer año de la carrera y me iba el lunes a bailar. Era ir a distraerme a esa clase, no pensaba en nada, se iban los proyectos era solo baile. Iba todos los lunes y después de un tiempo visité una milonga. Yo no sabía que había milongas, pensé que no existían. Recién a los siete meses fui a una milonga, y no bailé, me quedé mirando”, rememoró María Belén Chiesa ante la consulta de Castelar Digital.

La milonga, en clubes, en bares, fue el punto de reunión de otras generaciones. Era el espacio público para conocerse, bailar y encontrar pareja. Revividas en los últimos años por el auge del tango, sobre todo en circuitos culturales y turísticos, quedan aún algunas propias de cada pueblo. En Castelar, Tarzán ocupa ese lugar, pero en Morón y las demás localidades también se encuentran milongas: “La Milonga es un ritual. La primera a la que fui era de gente mayor, a diferencia de la de La Tarzán hoy que es mayormente gente joven. Me llamó la atención cómo se visten, cómo se tratan, como están sentados; todos en redondo a la pista. Las señoras de medias negras, pollera y pintadas… y yo me decía: ‘Guau, y yo de jean’. era un ritual, los gestos, las miradas. Toman vino, no cerveza. Te sentís ajeno, es raro hasta que entendés que mantienen viva una tradición: llegan al sábado a la tarde, se bañan, se peinan y van generando esa figura para poder llegar a la milonga y estar prolijo. Pensá que es un baile de contacto, hay que estar limpio, prolijo y perfumado”, destacó la profesora.

María Belén continuó con las clases cuando empezó a escuchar rumores sobre una milonga en Castelar. Sus profesores asistían a ese encuentro tanguero en un bar cerca de la estación, pero no se confirmaba nombre ni lugar. “Era elitista, me cruzaba a los profesores y no sabía a donde iban. A los diez meses de empezar, estábamos en Morón ensayando para un ballet y dije, vamos a Tarzán. Cuando llegué, pensé: ‘no salgo viva de acá, acá no entro’. Había muchas personas mayores, comiendo, tomando vino, copeteados a las 8 de la noche. Entré y costó, pero me divertía. Como principiante me quedé sentada mirando. Y nadie me sacó a bailar. Pero es una cortesía de la milonga que el que organiza te saca a bailar. Es una manera de demostrar cómo bailas. Admito que era un queso, de madera, muy dura, y no me sacaban a bailar. De a poquito, mucha práctica, mucho ensayo, el ballet me ayudó, y me volví habitué de Tarzán, en vez de ir a tomar una cerveza a un bar, me venía a la milonga de Tarzán”.

Pasaron cinco años y muchas noches en la milonga cuando María Belén, alumna de Sebastian Pereira y Suyay  Quiroga de los miércoles de Tarzán, pasó al frente para enseñar lo que sabía. “Cuesta al principio que la gente se abra a la clase, es un lugar público, no es una clase cerrada, que ya sabes que vas a una clase, sin publico, con gente que sabe igual que vos. Acá sabes que estás expuesto con la gente que viene a cenar, o están en la barra. Yo creo que si ya tomaste una clase en Tarzán, no le tenés miedo a nada en la vida. No tenés vergüenza para nada. Es así, es muy difícil que salgan y se entreguen así, y que alguien te diga qué tenés que hacer, es muy fuerte”, destacó la bailarina.

 “Hubo miércoles que no tuve alumnos y fue una gran tristeza, pero se fue sumando gente y ahora saturamos Tarzán. Siempre tenés el que toma la clase y después no vuelve, otros que son fieles y ves que van evolucionando, y que lo hagan en un bar es gratificante. No son mis alumnos del cerrado, que les das tarea para el hogar, estas son clases a la gorra. Y no va por lo económico sino en el compartir”.

En parejas o solos, los vecinos de Castelar se suman a las clases y a la milonga. Tras la clase de María Belén se abre la pista y todos pueden bailar. Los alumnos con los habitué y también con aquellos que vienen sólo por el tango. Los alumnos son muchos y continúan semana a semana aprendiendo y mejorando.

 “La primera vez que vine realmente no me gustaba”, destacó Cintia Mónaco, una de las alumnas de María Belén, y continuó, “no me gustó de cerrada que soy. Me quedé sentada en una mesa y me puse a charlar con las personas, hablé con gente que va desde los 16 a los 80 años, y son todos buenísimos. Me sumé el día que faltó una chica y me necesitaron, y me empezó a gustar. Recién cuando bailas lo sentís. Escuchando la música no. Hace dos años que vengo y trato de no faltar un miércoles. Hasta he llevado gente que solo iba a tomar algo y ahora se suman todos en la pista. Te terminan agradeciendo que los hayas traído. La gente es copada, el lugar está bárbaro, eso influye todo. Les gusta como todos estamos en la misma: soy un par de la profesora, de mis alumnas… por eso te sentís cómoda y querés volver”.
 

La Milonga sale a la calle

En diciembre Castelar cumplió años y Tarzán lo festejó sacando la milonga a la calle. Por una sola noche y aprovechando que la calle estaba cortada por una obra municipal, un pequeño escenario se montó sobre la calles Los Incas y las parejas mostraron cómo se baila y aprende el tango sobre el asfalto. “Fue una idea de Javier Duró, era cumpleaños de Castelar y hablaron con el municipio, se iba a cortar la calle y se dio. Quisimos hacerlo en primavera, en el 2013, no se pudo, entonces lo hicimos en 2014. La milonga no es solo los que bailan, también son los músicos. Siempre les dan un espacio. Les permiten pasar la gorra, el lugar siempre tiene algo interesante. Vienen bandas, u orquestas como Peras al Olmo, Pintó el Tango, Lucas Granata toca la armónica… todos esos pequeños músicos, que son partícipes de los miércoles vinieron ese día y sacaron La Tarzán a la calle”, explicó Chiesa.

“Estamos esperando que la calle se haga semi-peatonal. Ya cuando estamos en Tarzán, estamos en la calle, porque hace calor en Tarzán, entonces estás desde septiembre en la calle. Está toda la cuadra minada de tarzaneros. Creo que los taxistas no nos quieren, somos mucha gente! Antes había muchos músicos en el túnel de la estación, y ahora se terminaron sumando a la Tarzán. Es una movida cultural divina, mueve mucha gente. Imaginate que vienen unos amigos míos que tienen una banda de rock pesado, y un día lo encaró uno a Javier, el organizador, y le dijo. ‘A mi me gusta el rock, pero vengo a Tarzán a escuchar tango’. Entonces si le llegamos al roquero loco, guau! creo que es el objetivo”.

El tango, en Tarzán, creó amistades, amores y vínculos quizás imposibles en otros ámbitos. María Belén conoció a su actual jefa laboral, dándole clases los miércoles. Charlaron sobre diseño tras una clase y Chiesa terminó trabajando en el local de su alumna. “Ella es mi jefa allá y yo acá le enseño ¡Es la revancha! Le digo qué tiene que hacer, tengo el placer de mandonear a mi jefa una hora y media”, destacó.

Milonguita

“El tango, la milonga,  es como ir a ver al Indio, que es una misa. Tarzán también, es una misa, es un ritual. Es muy difícil el tango, después de la danza clásica es la segunda más difícil. Patiné muchos años, por expresión corporal me ayudó, pero no tengo estudios de danza clásica. Después entender y marcar que es de dos lados. El que viene desde una institución, y los que vienen desde la milonga. Yo soy milonguera y sigo controlando mis caderas como todas las milongueras que nos cuesta horrores cuando no tenemos formación clásica… después de estos años en la Tarzán quiero dedicarme a esto como estilo de vida. Dedicarme a casas de tangos, y que el tango abarque la mayoría de mi tiempo. No solamente dar clases sino hacer carrera desde el otro lado. Quiero que me de la oportunidad de mostrar lo que sé hacer y lo que me gusta hacer. Con seminarios, clases y cosas así. Creo que me siento así porque ya me conocen como ‘Milonguita o Tanguerita’, y mis amigos se ríen. Estoy un viernes en Pompeya bailando y vienen y me dicen: ‘vos bailas tango los miércoles’. Pero sí, soy chica y me gustan otras cosas también. Pero me despierto y me acuesto escuchando tango… eso me quiere decir algo”, finalizó Chiesa.

Todos los miércoles desde las ocho se puede aprender a bailar tango en Tarzán, tras las clases comienza la milonga y las historias y amistades que se tejen en el bar de la estación de Castelar.

Entrevista: Gabriel E. Colonna
Redacción: Leandro Fernandez Vivas
Fotos: Gabriel E. Colonna

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