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Fietrando Amor entre los Dedos - Creaciones en Fieltro - Artesanías

Señales por Dante Pena

Publicado: 15/08/2005


En la primavera de 1971 estábamos sin auto. Mi abuelo Alfonso había vendido un viejo taxi Riley inglés, (muy parecido al Siam Di Tella), y mi papá aún no tenía las cuentas muy claras como para invertir en un bien de esa índole.Un determinado día, llamó por teléfono a la casa de mis vecinos, (ya que por aquél entonces Entel se empecinaba en no poner nuevas líneas telefónicas y por lo tanto, utilizábamos el único teléfono que había en la cuadra); nos avisó que venía con una sorpresa, y todos imaginamos que sería algo así como algún regalo, un mueble nuevo, tal vez un tocadiscos , o algo por el estilo.

Mi madre al colgar el teléfono, nos miró y nos dijo que papá venía en camino con un coche nuevo. Tuvieron que cachetearme para que me despertara del estado de fascinación que esa noticia me había provocado, y corriendo de un lado al otro, fuí por las otras casas de los vecinos a contarles la noticia.

Mi cara de emoción se desvaneció cuando vi aparecer a mi viejo con aquél cacharro infame. Un Citroen 2cv azul. Nuevo, eso si; pero...¿un dos caballos? ¡Por favor!, ¡nos iban a cargar en todo el barrio!.

Papá nos llevó a todos a dar una vuelta por Castelar. Abrió el techo de lona y con mi hermano mayor nos pusimos de pie en el asiento de atrás. Bueno, no estaba del todo mal la cosa. Al menos sacábamos la cabeza por el techo, y podíamos ver las calles de Castelar desde otra perspectiva... y eso era algo que no todos podían hacer. Asi pasamos la tarde, dando vueltas por el barrio y sacándonos fotos en algunas esquinas que mi viejo elegía al azar.

Una tarde, algún tiempo después, mi padre al cargar nafta en la estación de servicio de Santa Rosa y Arias, trajo bajo el brazo un rollito que tenía unas letras pegadas de color negro. Yo recién había aprendido a leer, con la corta edad que tenía, y antes de ir a la escuela primaria. Al desplegarlo, vi que ponía en grandes letras de imprenta: CASTELAR, sobre un fondo blanco, y verde traslucido, para que no molestara el sol de frente. Con cuidado mi padre pegó la calcomanía en el parabrisas del citroen, y desde ese momento quedamos identificados como vecinos de esta localidad.

Ese verano nos fuimos de vacaciones por primera vez. Fuimos a Necochea. La famila casi al completo, abarrotando al pobre coche que casi tocaba el suelo.
Mi madre y mi abuela, con mi hermano mayor en el asiento de atrás; y mi padre y abuelo delante, conmigo a upa de mi abuelo, ya que era el mas pequeño de todos.
Existe una leyenda por la cual todos los conductores de Citroen , deben saludarse en las rutas con un guiño de luces, al cruzarse. Mi padre que trabajaba como empleado en la fábrica Citroen en Barracas, cumplía con esta norma a rajatabla. Y yo, mientras, me distraía del largo y lento viaje, avisándole que el próximo coche era tal o cual, para que nos contestaran las señales de luces.

Así pasamos un buen trecho del viaje. Con grandes dificultades para adelantar los camiones, ya que el pobre vehículo carecía de potencia; y mas, cargado con una famila gallega entera, donde la obesidad era una constante.

De repente, un coche nos hizo señas de luces. Un enorme Dodge Gtx. Al pasar por nuestro lado todos los ocupantes nos saludaron con las manos. Luego otro, y pasado un buen rato, otro mas. Quedé desconcertado. ¿quienes eran ésos para violar este sagrado mandamiento del "Clan Citroen"?. Ninguno de aquéllos coches era un 2 cv...¿Por que demonios nos saludaban con la mano?. ¿De donde nos conocían?. Indignado, se lo pregunté a mi padre. Sonriendo, me miró y señaló la calcomanía del parabrisas.
"Nos saludan por esto, Dante. Porque leen la palabra CASTELAR al cruzarnos, seguramente serán de allí, de cerca de casa"...

De ahí en mas supe que éramos importantes. Ya no importaba el vergonzoso vehículo en el que viajabamos. Teníamos aquella leyenda en el parabrisas, y eso era suficiente para que las mas diversas personalidades nos saludaran . Asi, con la manito, como a la reina de Gran Bretaña.

En cada parada, me preocupaba de que todo bicho andante, leyera nuestra señal. Y esas vacaciones fueron diferentes, porque las personas que estando lejos del barrio, viajábamos por las rutas de la provincia; teníamos una forma de comunicarnos. Nos podíamos identificar con cartelitos en los coches. Y eso para mi fué como una revelación divina.

Mi pequeño taller en Madrid se llama así.: "Rótulos Castelar". Lo llevo escrito en mi furgoneta cuando voy a trabajar. El logotipo , además, tiene los colores que yo recuerdo de mi barrio. Predominando el verde. El verde intenso de los jardines de las casas de Castelar. Sobre la "erre", posada, una mariposa; como las que cazaba enfrente de mi casa, en aquéllos veranos eternos. Y finalmente, unas vias de tren, sin principio ni final. Abiertas. Para ver si algún día me llevan de vuelta a casa.

Ya no soy un chico. Ya casi no me fascinan los coches deportivos. Ni los caros ni los baratos. En una época , me podía volver loco si llegaba a ver un Mercedes Benz.
Sin embargo ahora, a diario me cruzo con decenas de Ferraris, Porsches, Lamborghinis, Mercedes y Audis...sin olvidar algunos cientos de pitucos BMW's. Apenas si desvío la vista para ver sus caras de "circunstancia". Algunos, tal vez algo engreídos; la mayoría gesticulando mientras hablan con un kit de "manos libres", por teléfono celular.

Hace poco, sumergido en la marea que sube todas las tardes en Madrid; desarrollando la vertiginosa velocidad de 5 km/h que ese tránsito endemoniado nos permitía; escuchaba un programa de radio que ni recuerdo, mientras sentía como una gotita de sudor me bajaba por la frente. Los otros miles de conductores hacian otro tanto. Éramos un ejército motorizado de clones, que soportaban el castigo con tal de llegar temprano a casa.

Yo manejaba mi furgoneta, maldiciendo el haberla traido, en vez de mi otro coche, que si tenía aire acondicionado. Una proletaria Renault Express que se distingue del resto, porque es verde rabioso, y lleva los colores de mi taller de artes gráficas.

Adelantando por la derecha, (cosa que en un pais civilizado suele ser penalizado con cadena perpetua y torturas), me hacía el gil, mientras dejaba a mi izquierda a filas interminables de autos que SÍ circulaban por donde debían. Al adelantar un coche azul metalizado, bajito y de dos puertas, alguien me gritó : ¡Eh, loco!, ¡ Pará!...

Esa forma de decir las cosas no podía sino venir de otro argentino. Ultimamente y después de la enésima crisis económica argentina, han llegadoa a España miles de argentinos. Los puedo detectar sin escucharlos siquiera: Miramos diferente, caminamos diferente, sonreimos diferente y gesticulamos de una manera que los españoles no llegan a comprender del todo. Tal vez las raíces italianas. Tal vez porque somos asi y ya está. Pero esta persona lo dijo casi con desesperación, y con la voz aguda de quien ve que algo se le esta escapando.

Detuve la marcha, y miré hacia atrás. Por el retrovisor vi como alguien hacía señas con la mano, desde el interior de un precioso Porsche 928 azul. Dejé que la fila de la izquierda me alcanzara, y al llegar el coche azul a mi lado, pude ver que un tipo de unos 50 años me saludaba sonriendo desde el interior.

-Che, ¿vos sos Argentino, no?
-Si. Como lo supiste?
-Por lo de Castelar. ¿Sos de Buenos Aires , zona oeste?
-Claro, de Castelar.
-Lado sur o lado norte?
- norte.
-Yo lado sur, calle Buenos Aires, casi llegando a la Avenida Zeballos.
-Mirá vos.

Un enorme autobús de la E.M.T. rojo, me dió un bocinazo en la espalda, dejándome casi sordo. Estaba obstruyendo el paso sobre el carril destinado al tránsito de taxis y transporte público; y por lo visto al chofer , Castelar no le importaba un pepino.

Avancé obligado hasta llegar a una rotonda. El Porsche azul quedó atrás. Nos hicimos señas con las manos para detenernos mas adelante, si el malón de autos nos lo permitía. Intenté infructuosamente pasarme de carril para hacer un giro y detenerme en la vereda de la Plaza de España, saliendo casi de la Gran Vía de Madrid. El Tránsito me arrastró casi dos cuadras mas adelante, hasta que pude girar para retomar en sentido contrario la populosa avenida. El coche Azul, perdido en la distancia, ya había desaparecido de mi espejo retrovisor, pero supuse que nos habíamos entendido con las pocas señas que nos habíamos hecho.

Unos 15 minutos después pude llegar a la vereda de la plaza. estacioné, (mal, como la mayoría de los madrileños), y me bajé de la furgoneta. No había nadie. Tal vez pensó que no me detendría; o tal vez fué arrastrado como yo, hacia otro horizonte vehicular; maniatado al volante de un coche deportivo de lujo que en ese tránsito era mas lento que el dos caballos de mi padre. Esperé una media hora. Desilusionado, me metí en mi furgoneta verde y partí para mi casa.

¿Por que había supuesto que yo era argentino?. Castelar, en Madrid, tiene muchos significados. Puede ser por el prestigioso hotel Castelar. Por el Monumento a Castelar de la Avenida Castellana. Por el museo que tiene las obras del famoso filósofo español; o por cualquier callecita de barrio que lleve ese nombre. Sin embargo ese tipo del coche azul, al ver mi Express no leyó esas cosas. Relacionó mi logotipo con mi barrio, igual que yo lo había soñado. Sentí la agridulce sensación de haberme comunicado con alguien por señales del alma.
Sin haber cruzado palabras, casi. Hubiera estado bien hablar con alguien de allí. Hubieramos charlado y recordado cantidad de anécdotas , café mediante, sentados a la sombra de algún chopo, en una tasca de Madrid.

Pero supe que ese tipo que conducía un coche carísimo a mas de 12000 kilómetros de Castelar, y que tal vez no tenía nada que ver conmigo, había contestado el "guiño" de luces que mi coche le había hecho. Como cuando me sentía diferente por llevar ese cartelito, en el viejo dos caballos de mi papá.

Llegué al taller. Lavé la furgoneta. Es una buena herramienta de trabajo. "Me lleva y me trae" , como diría mi abuela Marxina. Tan pobre y tan útil como aquél coche que alguna vez me avergonzó tener. Pero diferente, porque hacía que algunas fronteras se traspasasen al margen del dinero y de cualquier otra razón estúpida. Como cuando sentía el viento en mi cara asomado de pie sobre al asiento de atrás, mientras dabamos vueltas por aquéllas calles llenas de sol.

Desde Madrid, y orinando en la rueda de un Mercedes Benz, los saluda:
Dante.

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