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Historia de una calle, por Roberto Miotto

Publicado: 09/02/2011


Nos mudamos desde el barrio de Flores donde, por Rivadavia, pasaba el corso que los abuelos contemplaban sentados en la esquina de Lafuente. Fue el 25 de mayo de 1943 cuando comenzó nuestra nueva vida en Castelar, un pueblito de 7.000 habitantes.

El problema del asma se pensaba solucionar en esta “Córdoba Chica”. Nuestros abuelos se mudaron con nosotros a la casa “chorizo”, pero más moderna, alquilada en Carlos Casares 995, frente a la quinta de Baba, bordeada de arces con el tronco pintado a la cal, que lindaba con el chalet de Ángel Costa, su propietario, importador de casimires, en la esquina de Arias, que tomaba un cuarto de manzana y al lado del almacén de Tomás. El ama de llaves de Don Costa ventilaba las sábanas sobre el alféizar de la ventana, mientras que, cuando aliviaba su asma, él salía a pasear con su enorme perro. Mientras, papá controlaba la obra de Pedro Goyena entre Carlos Casares y Rodríguez Peña. Era una cortada de tierra, cerrada por un cerco de dos alambres y una morera, que lindaba con el campito de Serafín, entre éstos y San Pedro, y desde Loreto hasta Sarmiento. Hacia el lado de San Pedro lo ocupaba un monte de perales, que custodiaba Paco, el pastor de las vacas lecheras de Serafín, el dueño del tambo, sobre todo en época de cosecha, esgrimiendo un palo que una vez vi usar contra unos ladronzuelos que osaron llevarse las frutas. De todos modos, en otoño, podíamos remontar barriletes sin problemas. El resto era, a veces, ondulado, lo cual daba la idea que, años atrás, habían trabajado los quinteros. Y en las partes bajas de las lomas, los días de verano luego de una lluvia, los sapos disfrutaban cantando día y noche la bendición del cielo. Y como todo eso era de un tal Valdetaro, un buen día se loteó y se abrió la calle que, alguna vez, vio pasar al sulky flamante, bien pintado y fileteado de Juan Carlos Serisola. Los lotes eran de diferentes superficies; pero todos se vendían al mismo precio. Mi hermana, Nora, consiguió quedarse en el “campito” y vive allí hasta hoy. Nos mudamos el 25 de mayo del ’44. Papá plantó frutales en el fondo y paraísos en la vereda y, entre ellos, aprovechó para poner un banco de madera y tomar fresco en las noches de verano. El lechero, Don Pastoriza y Don Barreña, el carnicero, iban hasta detrás de la casa y nos dejaban el pedido. También pasaban por la calle los carros de la Panificadora, tocando la corneta, y el del recolector de residuos de la Municipalidad de Morón, que avisaba a los gritos. El hielero, Don Bellomo, con su viejo camioncito, llevaba al hombro pedazos de hielo, sobre un trozo de arpillera. El cartero, Don Micheli, cuyo hijo fue compañero mío en la Escuela 7, con su uniforme y gorra gris pizarra, nos traía las noticias de los parientes.

La familia Alonso eran los vecinos de enfrente, que lindaban con el predio de la familia Rath. A nuestro lado se encontraba la familia Vacarezza y del otro la familia Sampayo. Al lado del campito estaba la familia Bertolesi. Los Sampayo se mudaron a Tucumán y vendieron la casa a la familia Grossi, cuyos suegros eran Salvador Jaime y su señora Adela, que sufría de asma. Don Salvador era muy querido por los menores que defendía de los muchos problemas que les llevaban de sus vidas poco atendidas y estaba siempre dispuesto a solucionárselos de la mejor manera posible, sin esperar que nadie le reconociera su tarea.

Don Jesús Alonso Lago era el dueño de “La Carreta”, un hermoso chalet de aquel entonces, alguien muy querido por los vecinos que lo conocíamos y que, en más de una oportunidad, nos invitaba a participar de partidos de fútbol, ver TV en la época en que uno de esos aparatos era muy costoso y que solíamos compartir con Rómulo Carabio, Julio Fernández, Jorge y Carlos Bertolesi y muchos otros; participar de una fiesta de cumpleaños, cada familia en una mesa distinta, servida por mozos, aprovechando la glorieta y los jardines del patio de atrás, o invitarnos a subir a su coche con chofer, para viajar más cómodos a la Capital. Y es de recordar a sus hijos, Agustín, Eduardo y Cristina, el segundo, en aquellas noches tranquilas del barrio, entonar “Hay Humo en tus Ojos” con su bandoneón.

“Vacareza y su camión, hoy andan con zapatillas, mañana andarán con bastón”, rezaban unos carteles que se encontraban por todo Castelar a modo de promoción, por la compra del vehículo que harían funcionar nuestros vecinos durante años. Algo que se destacó como un sello de identidad de la familia fue el viejo molino que instaló Don Santiago, cuando se afincó en su chalet, que todavía se puede ver en Casares al 1200 y que sigue indicando la dirección del viento con su veleta.

Más tarde, la familia Botto terminó siendo nuestra vecina, después de la compra del terreno lindero de la familia Vacareza.

Y no podría dejar de citar al Club Argentino, que en una de sus inauguraciones de la temporada de pileta, tuvo como invitado a Luis Alberto Nicolao, que el 27 de abril de 1962 clavó los cronómetros en 57 segundos, batiendo dos veces la marca mundial estilo mariposa. O los bailes de Carnaval, compartiéndolos con la orquesta de los Happy Boys, con Carlos Poggi al piano y Eduardo Bandacari con el contrabajo.
Y otra historia sería recordar que, a poco más de 7km de la Estación, se encuentra el INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria), que talvez no todos los castelarenses conozcan y donde se encuentra uno de los centros de investigaciones científicas y técnicas más importante del país.

Roberto Miotto

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