30/04/2020 - “LEADING CASE” (Un caso delicado) por Ana María Fosque

-    ¡Sargento!

-     ¿Qué hago con la Zunilda?
Dice que ya se ayepintió,  que se rezó todito un rosario,  y que el diosito ya la perdonó.  Y que  los melicos, no pueden ir en contra del perdón devino,

-    y que  reclama sus derechos de mujer humana , y qué se yo…   bah
Que se quiere ir pa’ las casas porque ya son la hora del mate.

-    ¡Con la Zuni, nunca se sabe cabo…  hay que pensarlo bien!!!

Le contesta, con los ojos cerrados, acomodado en el camastro de una de las celdas de la comisaría, un cuarentón uniformado,  rosado como lechón recién nacido, que después del almuerzo, está “descansando” las piernas.

Desde el otro calabozo,  que –para las fiestas-  la “Liga de las Madres de Familia”  había encalado,  y equipado con una biblia vieja,  y un crucifico con ramita de olivo,  una  mujer  de trenza renegrida,  y ojos achinados,  a gritos destemplados  obligaba al Sargento a definirse.

-    ¡Pero qué cru esta desacata!
Mire Cabo, hágase una corrida hasta el boliche y pregúntele al comesario, qué se hace,  pa’ que después  cuando güelva con unas cañas encima, no nos cague  a pedos a nosotros.

El Cabo es un muchacho largirucho y desgarbado,  que había terminado la escuela primaria,   como mérito a su permanencia de catorce años.  En Santa María de los Plomos  todos lo querían.  Tanto,  que los que faltaban a la ley, sólo se entregaban si  el Antonio los iba a buscar.

A la orden del sargento, el cabo  se calza una gorra heredada de quién sabe quién,  y se manda por la calle de tierra, que el sol de diciembre abrasa sin piedad,  levantando polvaredas  adrede, con sus desvencijados borcegos.

A escasos trescientos metros aparece el boliche, algo más que un rancho, y bastante menos que un edificio.

Las chapas del techo a dos aguas, hacía  rato que habían perdido sus formas, y ahora se apilaban tal y como si el viento las hubiese dejado distraídamente abandonadas.

El frente de gruesos muros de ladrillo, alguna vez habían sido pintados del color que anunciaba orgulloso su  letrero: “LA ROSADA” 

En el interior del local,  tapizado con innumerables estanterías de objetos indescifrables, las mustias luces eran  insuficientes.

El mostrador exhibía vasos de media caña, volteados sobre un repasador ruinoso.
Los parroquianos debían ir a buscar sus comandas al mostrador antes de ir a sentarse ya que el bolichero rengo, estaba acodado junto al único signo de modernidad: un ventilador que chirreaba maldiciendo el calor de la siesta provinciana.

Luego de entrar sacándose la gorra, Antonio se acerca respetuoso a un morochón, corpulento con uniforme de color indefinido, que podría haber sido de la guerra con el Paraguay,  y que, hablando entretenido con otro parroquiano, apacigua el calor con un vino color morcilla.

-    ¡Güenas Comesario!     
Disculpe el importunamiento, pero el Sargento me manda preguntarle que,
qué hacemos con la Zunilda,  que está hecha una jiera y se quiere rajar…                          
y  pá  colmo,  la tenemo   en  el calabozo que no tiene cerradura,
porque , se acuerda que el Loro perdió  la llave y no la encontramo ma

-    Miré cabo,  yo estoy  risolviendo  un asunto aquí con el Ramirez,
que necesita de toda mi expediencia y capacida,
así que pase pal  fondo, que el señor Jue, está  echando una partidita,
y pregúntele,  a él, porque si no dispué,  nosotros pagamos  los platos rotos.

-    ¡Pero mi Comesario!  La Zunilda no rompió ningunos platos…
ella solo corrió a escobazos al Robustiano,
que había  querido  correrle los zapallos de la entrada del almacén, 
porque la  Gertrudis -que anda muy preñana-  
no puede levantar las patas  pa´ pasar, la pobre…

-    Pucha que había sido brutón  usté,  m¨hijo
 lo de los platos,  es como un dicho de los griegos antigüos.  
No vió al  Zorba ese,  que rompe platos y no los paga, 
Güeno…  alguien dispué  los tine  que pagá,  m’ intendió?

-    No, Comesario, pero es lo mesmo,  hace mucha calor p´andar fisolo fando …

-    Vaya cabo, vaya! al  jondo en la puerta  sin manija,  tá su señoría…
El cabo respira hondo, se acomoda la chaqueta  de paño, que a esa hora calcina como plomo, y golpea la puerta, con la cachiporra.

Ese era el único uso que Antonio  le daba, al  bastón colgado de su cintura.
Incómodo absolutamente pa todo -pensaba mientras esperaba respuesta-
Y eso  -se decía- aunque el sargento lo use  p´ romper las nuece en navidá.  
Ni siquiera p´eso, porque  las nuece a veces salen desparadas como bala de cañón,
contra  lo que sea, por ejemplo el ojo del Manchita.

-    ¿Quién golpea?  Trona una voz  de cigarro negro,  desde el garito legal.-

-    Soy el Antonio, el hijo el Zoilo,  busco al señor  Jué,  e´urgente

Furtiva se abre la puerta desde adentro y  una pesada nube de humo, lo obliga a quedarse preventivamente en el rellano de la puerta. 

Aún sin ver para adentro,  dice cuadrándose:

-    Ando buscando al señor Jué,  me mandá el Comesario…

Con pelo dudosamente negro para su edad,  tez  aceituna,  y camisa sospechada de blanca,  un hombre con aire bonachón le contesta:

-    ¡Pasá  muchacho!  ¡Pasá!  ¿Cómo anda tu padre?  ¿Se mejoró del ciática?
¿Qué andas necesitando? 

-    Güeno, señor,  e´un asunto muy delicado: 
Risulta que tenemos a la Zunilda, en el calabozo, desde  las die,
y ya está hecha una jiera, y se quiere volver pa las casas, ya mesmo,
porque dice que le viene el Nicanor a tomar mate,
y  que ella no está pa´ estar presa, y que el diosisto ya le perdonó,
y que eya  ya se ayepintió, y no sé cuántas otras cosas sobre los melicos,
y sobre  los derechos de los hombres humanos…

-    ¿Y quién está ahora a cargo de la rea?  Dice el Juez impostando voz de autoridad.

-    El Sargento, señor! Pero él no  quiere  dicidir porque está en horario de descanso y dice que dicida el Comesario. 

-    ¿Y el Comisario qué dice? 

-    El Comesario,  tiene un  lío con un griego que le quiere cobrar unos platos que parece que rompió, y entonces quiere que uste, diga qué le hacemos…

-    ¡Que lo parió, uno no tiene paz en este pueblo!

-    ¡Quiero retruco!       Desde la humareda grita ufórica una voz  que ignora la urgencia del caso.

-    ¡Quiero vale cuatro!   Contesta el Juez olvidando al cabo.

Antonio guarda un silencio sacramental, porque sabe que ese lance no puede interrumpirse,  ni por un asunto legal de tamaña envergadura.

Sólo cuando las risotadas del Juez, descomprimieron la tensión de la puteada  que lanzó el  Ramón, se atrevió el cabo:

-    Mire señor,  la Zunilda es de armas tomar,  y  ya está como p´ agarrarnos a escobazos, a nosotros también, y le digo que pega juerte… ¿Qué hacemos?

Conmina el muchacho,  al que el calor lo ha vuelto insistente.

-    Mire muchacho  todavía no se inventaron calabozos p´ mujeres cómo esas, mejor arreglemos las cosas con la juris - prudencia que Dios nos manda.-

Sentencia el Juez, sin disimular la alegría de la partida ganada,  mientras aparta cuidadosamente los porotos de su lugar en la mesa,  arranca la doble hoja central del cuaderno Gloria, donde se anotan los puntos y otros menesteres, y escribe con caligrafía puntillosa, y dudosa ortografía:

“Santa María de los Plomos, a los 20,  de diciembre, yo Zunilda Barragán,  en pleno uso  de mis facultades mentales,  le declaro a la autoridad que corresponda,  que me arripiento de ser mano larga y de escobear al ciudadano Rubustiano Aquino de palabra y hecho,  provocándole magulladuras varias en el lomo.  Me arripiento de ostruir los lugares donde pasan gentes embarazadas,  con zapallos, melones, sandias o cualquier otro ojeto, redondo o de cualquier otra forma. Me arripiento de  hablar mal de la polecía, que está  p´cuidarnos a todos.  Y,  para pagar mi delito, prometo que el 24 antes de la misa e gallo, llevaré a la Comesaría, cinco frascos de zapallo en armibar, uno pa´ el señor Juez, uno pa´ el Comesario,  uno pa´ el Sargento,  otro pa´ el Cabo y el quinto pa´ el diosito que me perdonó  en el día de hoy. Conste y Será Justicia. Punto. “

-    Vaya cabo, vaya,  y hágale firmar en esta  cruz  a la insubordinada, y asegúrese que entienda bien lo de los frascos, antes de irse.-

El cabo recibe solemne  la orden judicial, como si recibiera las Tablas de la Ley  en el Monte Sinaí.
Saluda haciendo la venia, y se retira, mientras el Juez mezcla otra vez las mugrientas barajas,  con sus manos sudadas.

Ana María Fosque, integrante del taller literario de Analía Bustamante
Foto: Juan Viel