19/07/2019 - La campeona de judo Cintia Cristofaro abri贸 su propia escuela

Judoca, campeona nacional y panamericana, tras una lesi贸n se dedic贸 a la ense帽anza y el arbitraje, forma parte de la Confederaci贸n Argentina de Judo (CAJ) , est谩 afiliada a la Federaci贸n Metropolitana de Judo y lanz贸 su propia escuela de la disciplina: 鈥淭odo lo que me ense帽aron lo devuelvo, no me quedo con nada鈥, dijo a Castelar Digital.

Sobre el tatami y a una distancia segura, los contrincantes se miran y saludan. De un lado, el participante de judogi blanco, inicia la acción avanzando sobre el que viste de azul. No hay patadas ni puñetazos, sino un juego de fuerzas, equilibrios, físicos y concentración. Los judocas luchan con palancas, agarres, algún estrangulamiento, distintas maniobras para superar la técnica del oponente. A metros del punto de encuentro de los dos luchadores, una profesora sigue cada movimiento de su alumno. Cintia Cristofaro está ligada al judo desde su niñez, fue 14 veces campeona argentina, compitió  por todo el continente y ahora enseña en la Sociedad de Fomento de Francisco Miranda de Ituzaingó.

“El judo es mi vida, es mi carne”, dispara honesta ante la consulta de Castelar Digital. El Club Mariano Moreno, el Castelar, el Argentino, Sociedad de Fomento Juventud de Castelar, entre muchos otros espacios la conocen por la práctica y desarrollo del Judo. Deportista, competidora, árbitro, miembro de la Confederación  Argentina de Judo  y profesora, está en plan de devolución de los saberes que aprendió y construyó a lo largo de muchos años de tatami y entrenamiento.

“El judo es un deporte japonés creado por Jigoro Kano. Era flaquito, una contextura pequeña y le pegaban y lo trataban mal en la escuela. Él practicaba jiu jitsu y no le servía porque eran muy agresivos, a él no le gustaba. Trató de hacer un arte marcial distinta, creó el judo, que es usar la fuerza del contrario. Según quién te lo enseñe, también es una filosofía de vida”, explicó la vecina.

Cintia Cristofaro es también conocida como La Polaca, pero se la identifica por llevar el judo como forma de vida. Comenzó en esta disciplina a los cinco años de edad y la practicó primero por entretenimiento hasta que la llevó a las más altas categorías de competencia. Tras una lesión severa que la apartó de los torneos, se dedicó al arbitraje y la enseñanza siendo una de las mejores en la región: “Mis primeros pasos fueron en el Club Mariano Moreno. Me llevó mi papá porque yo quería aprender a defenderme y me confundí, pensé que era una clase de taekwondo, quería que me enseñaran a tirar patadas y piñas, pero no, era judo. Cuando me di cuenta del error ya estaba re metida y me encantaba. En el Mariano Moreno comencé como un deporte y lo llevé a nivel competición. Desde ahí no paré y fui a torneos provinciales, nacionales, sudamericanos y panamericanos. Competí desde chiquitita, desde cebollita”, describió.

“El Judo me permitió competir en Estados Unidos, Brasil, Uruguay, Puerto Rico y Colombia. Cuando representás a tu país, ves la bandera en lo alto y es lo más. Cuando cantan el himno es increíble, luchamos todos juntos por una medalla y por dejar bien alto a tu país. Atrás tuyo tenés mucha gente, si bien el judo es un deporte solitario, atrás tenés mucha gente que te banca: los psicólogos, el técnico, el deportólogo, el kinesiólogo… cuando terminó el torneo y te dan la medalla, aunque no estén ahí los mirás a cada uno”, completó.

Cristofaro se dedicó plenamente al deporte y el entrenamiento llegando a vivir en el Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo, alcanzando la máxima ubicación varias veces a nivel nacional y representando al país en competencias por medio globo, pero un traspié físico la obligó a re plantearse su vocación deportiva: “Cada deportista anhela ir a los Juegos Olímpicos. No llegué, estuve en la puerta. Pero los nacionales son importantes, son dos torneos importantes. Todos los judocas del país se preparan para esos torneos, se hace uno en abril y otro en octubre. Fui 14 veces campeona argentina. Representé muchos años a mi país en los panamericanos y sudamericanos. A los 14 años gané el primer panamericano. Tuve títulos nacionales desde chiquita. Muchas veces salí segunda o tercera, siempre en podio, pero la mayoría de las veces primera. Por un tiempo dejé de competir, por el trabajo, porque tuve un hijo. Volví, empecé a competir y hace cuatro años me rompieron la rodilla en Mar del Plata. Pensé que se cerraba el circuito ahí, no podía volver a los torneos. Pero conocí a una persona que me enseñó que había más que competir, esta persona me hizo entrar en la escuela de árbitros de judo y a dar clases. Aprendí a enseñar a chicos, de ahí me tiré y no paré, tengo feeling con los más chiquitos, se me pegan mucho”.

Del tatami al aula

Su experiencia la llevó a dar clases en casi todos los clubes de Castelar, en instituciones de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y tiene posibilidades de ser entrenadora de la Selección Argentina de judo en las categorías inferiores. Desde hace pocos meses se lanzó a dar clases por si sola en la Sociedad de Fomento de la calle León Bloy en Ituzaingó: “Siempre me enseñaron que hay que devolver, mi tarea es devolverle a los nenes todo lo que me dieron a mí. En mi vida pasé por varios profesores, mi maestro es uno solo que está en Estados Unidos, pero profes tenés que te van apuntalando, todo lo que me enseñaron lo devuelvo, no me quedo con nada. Para esconderlo o guardártelo no sirve, tenés que devolverlo. Mis alumnos el día de mañana van a tener que hacer lo mismo, van a ser profes y lo va a devolver”.

La profesora Cristofaro busca generar en los más chicos la confianza necesaria para divertirse durante la práctica del judo: “Desde un primer momento no les digo que van a ser campeones, sino que me conozcan como persona, como profe, yo les doy esa seguridad a los nenes, que no vienen a competir sino a aprender y disfrutar. A veces vienen nenes que son toscos con el cuerpo, grandotes, no saben hacer nada o desaprueban gimnasia en la escuela y los papás me los traen para eso, para que aprendan, sean ágiles. Yo les digo ‘déjamelo papá, vamos a ver qué hacemos con este nene’. A los seis meses vienen con el boletín y me dicen ‘profe aprobé gimnasia’ y nos abrazamos y lloramos”, describió la vecina.
“Yo enseño judo, pero es más que judo. Tengo que cumplir como profe, como amiga, compañera y un poco como una mamá más. Porque en el tatami no entra ningún papá y no va a entrar nadie, no me los toca nadie, yo los defiendo con uñas y dientes. Les tengo que enseñar los valores. A veces vienen chicos maleducados o mal aprendidos y tenés que enseñarles con el ejemplo y dándole el cariño que necesitan los nenes. Te llena de orgullo cuando ganan el primer torneo, vienen y te abrazan”, finalizó Cintia Cristofaro.

Entrevista: Gabriel E. Colonna
Redacción: Leandro Fernandez Vivas