29/04/2013 - 'Arboris Dios de la unidad' por Jeremías Clarke

Sobre la superficie de la volatilidad piedras, luz, montañas, ríos, tierra, color, arena y mar, vagaban sin dirección, como quien corre más rápido que su pensamiento y el cuerpo va desmoronándose a medida que sus extremos dan cuenta de la ausencia del impulso nervioso, resultaba imposible pensar en un destino. La inercia y el instante gobernaban. Y ahí flotando todos ellos, acostumbrados a estar.

Eran normales los roces, algunos violentos otros menos, algunos sensuales, discretos.

Los cuerpos más voluminosos, como las montañas eran lentos y torpes, los pequeños rápidos y ágiles. Cierta afinidad se percibía cuando mar y arena o piedra y río rozaban sus cuerpos, pero la pronta separación era tan inevitable que la estela que dejaba la distancia diseminaba vestigios de tristeza como diminutos cristales que alguna vez fueron copa y después de su primer golpe nunca dejaron de quebrar.

La ineludible separación le parecía demasiado hostil pero le sirvió de musa inspiradora para auto concebirse, integral, omnímoda germinación que bajo la tierra ya se veía cosechando un cambio. Un cambio que empezó a tomar forma y voz, voz y forma, de raíces, de ramas, de hojas que enfurecidas desde el primer momento gritaron ¡unidad! Y con sus extremos inferiores comenzaron a unir por consonancia a cuanta cosa flotaba. Una amalgama enorme y circular unida por raíces había sido concebida, Arboris su dios creador la adopto como su hogar y desde entonces a modo de consagración todos los árboles unieron sus raíces en el núcleo del lugar que mucho mas tarde unos seres llamaron tierra.